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La colombiana que enamoró a los austriacos

La colombiana que enamoró a los austriacos

El 18 de febrero de 2005 Juanita recibió una llamada de un viejo amigo para felicitarla; se había enterado de que estaba construyendo el TGI Fridays -un restaurante de una famosa cadena de comida americana- de la novena con 72 en Bogotá, y quería invitarla a comer para celebrar. Juanita no lo veía desde que habían hecho juntos un MBA en la Universidad de Los Andes y se entusiasmó con la idea de ponerse al día con su viejo amigo. “Por cierto, mi señora y Erich Kallman, vienen conmigo”, le dijo antes de colgar, con una risita, consciente de la encerrona que había acabado de hacerle. Mauricio llevaba cuatro años tratando de presentarle a su amigo, y ella cuatro años diciendo que no quería conocer a ningún extranjero porque estaba ocupada con otras cosas de la vida.

“Me pasé todo el día buscando excusas para no ir, pero al final mi prima, que tiene mucho de bruja buena, me convenció de salir. Esa noche llegaron a recogerme y ahí estaba el tal Erich Kallman, que me saludó en español. Me subí al carro y empecé a hablar hasta por los codos, con la velocidad de los colombianos, hasta que el tipo me dijo al oído ‘es que yo no hablo español, solo el saludo’”. Ahí rebobinó, muerta de la risa y de la pena, y empezaron a hablar en inglés, la lengua común; y así siguieron toda la noche, sintiendo que sus amigos, la gente a su alrededor y el mundo entero habían desaparecido, y que solo estaban ellos dos.

“Al final de la noche le propuse recogerlo temprano al otro día para desayunar, llevarlo a Monserrate, a las minas de sal, y terminar de parranda. ¡El combo completo! Estaba fascinada. Pero él me dijo que no porque al otro día volvía a Austria. A las 5:00 de la mañana me mandó un mensaje que decía algo así como ‘Pasé una noche genial, estoy emocionado. Espero verte pronto’, y a partir de ahí empezamos a intercambiar emails y a hablar por teléfono todo el tiempo. Estábamos planeando reunirnos en Brasil a las dos semanas porque queríamos volvernos a ver, y en esas andábamos cuando me llamó desde Sarajevo (Bosnia), muy emocionado, a decirme que había visto algo en una vitrina y que me mandaba la foto; seguimos hablando mientras yo prendía el computador, se conectaba a la línea, bajaba la foto… y cuando apareció, vi un anillo precioso, entonces le di las gracias y me dijo: ‘¿Quieres casarte conmigo?’, y yo le respondí: ‘Sí, sí me quiero casar contigo, tú eres el amor de mi vida, no tengo que pensarlo”.

“Era el amor de mi vida, no había nada que hacer”. Una de las primeras fotos de Juanita y Erich en Graz.

Habían pasado 10 días desde que se conocieron, y Juanita, la arquitecta pragmática, racional y estructurada, no tuvo ninguna duda sobre el siguiente paso en su vida. “Cancelamos Brasil y empecé a planear mi viaje a Austria para conocer a su familia: llegué el 6 de mayo a conocer el lugar donde vivía y aterrizar fue muy divertido porque cuando faltaba un minuto me entró el pánico y me dije ‘¡Bruta!, ¿Yo qué hice? Vengo a donde un man que no conozco, en un país que no conozco, con un idioma que no hablo… ¿Cómo lo voy a saludar? Estamos comprometidos, pero el día que nos conocimos nos saludamos y nos despedimos de la mano, ni siquiera un beso en la mejilla…’ Se me pasaron mil pendejadas por la cabeza, los colombianos somos muy creativos”. El ataque se acabó cuando vio a Erich detrás de un ramo de rosas enorme, y se fueron a pasear al centro de Graz, una ciudad que parece sacada de un cuento de hadas. Se recorrieron el país, enamorados, y Juanita volvió a Colombia más convencida que nunca: “era el amor de mi vida, no había nada que hacer”.

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Con la misma practicidad y buena cara con la que había llegado a trabajar creando franquicias para firmas nacionales e internacionales, como Paneroli y Hard Rock Cafe, empacó su recién estrenado apartamento en un contenedor, reubicó a sus nueve arquitectas y a sus 250 obreros, cerró su empresa y se fue a vivir a Europa. Se casaron en Graz el 17 de septiembre, seis meses después de su primera cita, y luego volaron a Miami con la familia de Erich para celebrar una boda grande con la familia de Juanita, y los amigos de aquí y de allá: “tuvimos invitados de muchas nacionalidades, una banda de merengue, una estación de crepes y muchos colores, ¡nada de blanco! La pasamos muy bien, aunque algunos austriacos no hablaran español ni inglés, y el resto no habláramos alemán, pero eso no fue problema”.

Entre dos mundos

Antes de radicarse en Graz, Juanita había vivido un año en los Estados Unidos, pero su vida entre dos mundos venía de mucho más atrás. “Mis papás se separaron cuando yo tenía cuatro años. Mi papá era un hippie loco, espectacular, que hizo su vida y cambió el mundo a su manera, al salirse de los paradigmas en aquella época; en los 70 se fue a vivir a San Bernardo del Viento, a una playa virgen, y montó un hotel ecológico que se llama Bungalow’s”. Sus vacaciones alternaban entre la “jungla” y el mar de San Bernardo, y la finca cafetera de su familia materna en las montañas del Quindío. “La familia de mi mamá era mucho más estructurada, más de los protocolos, del qué dirán, y todas estas cosas que la sociedad dicta; mientras la familia de mi papá era apapachadora y amorosa, pero todo lo contrario: ¡el caos puro! Las dos formas de ver el mundo son muy valiosas y me sirvieron mucho, pero crecí en ese sánduche, y en algún momento me sentí un poco perdida”.

En el colegio no fue buena estudiante, pero sí bastante popular: “era una rebelde con causa o sin causa, súper necia, no me gustaba estudiar, copiaba las tareas en el bus, y siempre me castigaban y me ponían en la mitad del patio; yo creo que ahí aprendí a ser el ‘bicho raro’, y a ser señalada sin que me afectara, algo que me serviría mucho en mi vida de migrante”. Lo que sí le gustaba era organizar eventos, ferias, fiestas y cumpleaños: “más que todo para capar clase”, admite entre risas. Así se ganó el amor de todas sus compañeras, y hasta de los profesores y directivos. La necedad se le acabó al llegar a la universidad, donde resultó estudiando arquitectura, administración de empresas y psicología, y donde empezó a forjar una carrera profesional llena de éxitos, o al menos así lo parecía desde fuera, pero, como ella misma dice: “no siempre todo es color de rosa”.

Juanita y Hernando (papá) en el Eje Cafetero y en San Bernardo del Viento. Juanita y Lyda (mamá) en una exposición navideña de la empresa de Lyda.

Cuando Juanita tenía 19 años, su papá, el hippie loco y libre que amaba con locura, fue asesinado. De ahí en adelante tuvo una serie de pérdidas dolorosas en muy poco tiempo: la muerte de dos primos pequeños que quería como hermanos, y un año después, la de su tía madrina, además de la migración de su mamá a los Estados Unidos. “Profesionalmente me sentía muy exitosa; a los 25 años la estaba rompiendo y tenía proyectos muy grandes. Todo el día sonreía en la oficina y trabajaba con mucha energía, pero en el momento en que entraba a mi casa me encerraba, veía el mundo negro, y terminé en una depresión muy fuerte, de la que salí gracias a mis amigos, que son mis hermanos de la vida. Llegó un punto en el que dije: o me termino de joder y termino viviendo a punta de antidepresivos, o me pongo las pilas y empiezo terapia”. Así buscó ayuda profesional y empezó a verse a sí misma, a confrontarse, quitarse pesos de encima, y a reflexionar sobre lo que quería en la vida.

“Mi proceso duró entre los 25 y los 29 años, justo en la época en que Mauricio me quería presentar a Erich porque pensaba que era perfecto para mí: el tipo iba a Colombia cuatro veces al año y mi amigo siempre me llamaba para que saliera con ellos y yo le decía ‘no, qué pereza, yo no quiero conocer a un extranjero’. Para mí era muy difícil tener una pareja porque estaba muy confundida; estaba en mi cuento, en mi auto sanación y tratando de salir adelante con otras cosas”. Y así fue hasta ese 18 de febrero, hace ya 16 años.

La vida a 9.500 kilómetros de distancia

Después de las celebraciones, los recién casados volvieron a Graz, y ahí empezó el choque cultural. “Cuando llegas a un país nuevo, sin conocer a nadie, y tu marido sale de viaje con tanta frecuencia, es un shock duro, sobre todo si eres activa y estabas acostumbrada a manejar tu propia empresa y estar en mil proyectos”. Juanita se montaba en su bicicleta y recorría las calles, maravillada con la arquitectura de la ciudad; se dedicó a devorar su nueva vida con los cinco sentidos y a aprender alemán, pero aún así, el invierno, la soledad y la distancia cultural le pegaron duro. Un día llamó a Bárbara, su única amiga austriaca, para invitarla a tomar un té: estaba mal y necesitaba un abrazo, necesitaba hablar. “Bárbara me dijo: ‘ok, nos vemos dentro de tres semanas, a las 3:00 de la tarde en el café del centro’, yo le dije ‘está bien’, y colgué. En Colombia uno deja todo tirado y se va a ayudar al amigo, pero aquí esa espontaneidad no existe. Ahí tenía dos opciones: o decidía no volverle a hablar a Bárbara y cerrar esa puerta, o me encontraba con ella a las tres semanas y le explicaba que me había dolido su actitud. Elegí la segunda y lo hablamos; compartimos nuestras diferencias culturales, entendí que no lo había hecho para maltratarme, ella entendió mi posición, y hoy seguimos siendo amigas. Esa fue una lección muy importante”.

Para enfrentar el choque cultural Juanita decidió meterse a clases en un instituto para jubilados desde las 8:00 de la mañana hasta las 10:00 de la noche todos los días, y con su alemán básico empezó a hacer amigos de todas las edades: “una de ellas, María, había sido profesora de colegio y me enseñó a leer el periódico, a pronunciar las palabras. Me empezaron a invitar a sus casas y a presentarme a sus hijos y nietos. El austriaco es seco, es distante, pero con una sonrisa puedes abrir cualquier puerta. Además, aunque no hablara alemán, con lo poco que sabía, ellos notaban que estaba intentando comunicarme con ellos y eso es muy valioso, lo valoraban mucho. En ese momento me miraban como el ‘bicho raro’, no había muchos extranjeros por allí, y menos colombianos, pero lo hacían con curiosidad, y yo aprovechaba para hablarles de mi país. Uno de los grandes consejos que podría darle a cualquier migrante es que nunca se quede sentado en la casa, esperando a que algo pase; tienes que salir a buscar, porque eso que quieres que pase no va a llegar a tocarte la puerta”.

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Al año de haber llegado a Austria, totalmente integrada y con un buen nivel del idioma, Juanita se enfrentó a otro desafío: buscar trabajo. “Las mujeres de más de 30 años no son muy bien acogidas en el mercado laboral porque al quedar embarazadas tienen que darles tres años de licencia y guardarles el puesto, así que salen muy costosas para las empresas. Además, siempre estaba sobre cualificada y me sentía muy frustrada, porque después de haber hecho tanto y de estudiar tanto, resulta que ahora no podía hacer nada, precisamente por eso. ¡Ni voluntariados pude hacer!” Después de un tiempo encontró trabajo de freelance desarrollando una franquicia de peluquerías. “Al año quedé embarazada de Emilia y ahí comenzó una nueva historia porque le di un vuelco a todo”.

Cuando nacieron Emilia… Y Juanita’s Neahbox

Emilia Kallman Guerra es la hija de Juanita y Erich, una niña amorosa y talentosa, que diseña y cose su propia ropa, y habla 5 idiomas.

“Cuando quedé en embarazo retomé un arte que había puesto en pausa por la arquitectura, por el trabajo, por la vida; al no encontrar el tipo de ropa, juguetes y decoración que quería para Emilia, decidí encargarle telas de colores a mi mamá desde Miami, y diseñar y coser todo para mi hija, utilizando otra vez esas herramientas mágicas que son mis manos”. Juanita creció entre retazos, hilos y tijeras; cosiendo la ropa de sus muñecas en una maquinita roja de lata, y luego haciéndoles a sus amigas las cartucheras para los lápices y los forros de sus agendas. “Mi mamá tenía una empresa de decoración navideña, y cada año la acompañaba a Nueva York a comprar las telas para las siguientes colecciones. En mi casa siempre hubo telas, herramientas, talleres: la costura siempre estuvo conmigo”.

Al ver sus creaciones, sus amigas se enamoraron y empezaron a hacerle encargos, fueron sus primeras clientas. Pero Juanita no quería simplemente coser para vender, ella tenía otra cosa en mente: “Les propuse que hiciéramos una ronda de costura, así como las abuelas colombianas que se reúnen un día a la semana a tomar café, coser y charlar, y que cosiéramos juntas en el café de la plaza, mientras los niños jugaban. Diseñé unos sets de costura para cada una, me inventé un logo y así nació el costurero de Juanita, ‘Juanita’s Neahbox’, en alemán. La ronda se volvió tan famosa y tan grande, que un día le dije a mi marido que necesitaba construir en el sótano de la casa un costurero de verdad, y cada vez que salíamos de viaje compraba telas, botones y cintas para nuestras creaciones”.

En la medida en que Emilia crecía, lo hacía también el costurero de Juanita: empezó a dar clases de costura a otras madres, abuelas, niños, y después a jóvenes y señores; se registró en la Cámara de Comercio como una empresaria de creaciones manuales. Se corrió la voz, y de su costurero se empezó a hablar en periódicos y redes sociales, hasta que terminó organizando ferias artesanales y convirtiéndose en la vocera de los artesanos y Concejal en la Alcaldía de Graz, dos cargos de elección popular, que aunque no tengan remuneración económica, demuestran el cariño de la gente de Graz por esta colombiana creativa y amiguera, que imprime el sabor latino a todos sus proyectos.

Estas son algunas de las creaciones de Juanita. Imágenes tomadas de sus cuentas de Facebook e Instagram.

Más allá de crear una nueva tendencia en Graz, a Juanita la mueven otros motivos; en los costureros de las abuelas colombianas se tejían historias, se contaban chismes, se compartían aflicciones, y se aliviaban dolencias del cuerpo y del alma. A través del trabajo manual y su propia experiencia de vida, Juanita ayuda a sus alumnos a conectar con ellos mismos: “he tenido gente que llega muy deprimida, y le ha dado la vuelta a la situación por medio de lo que hacemos aquí. A otros les he regalado una de mis libretas y un lapicero porque tienen un sueño y no saben cómo arrancar, así que les digo que lo escriban, se pongan fechas, lo dividan en pasos para hacerlo realidad, y si me necesitan que me llamen, que yo los ayudo conectándolos con otras personas que conozco. Algunos vuelven a los años, felices, con un proyecto de vida totalmente diferente, y eso es muy gratificante”.

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La labor de Juanita ha traspasado barreras: además de su emprendimiento, tiene proyectos de sostenibilidad y medio ambiente; y en los últimos años ha estado dando charlas en Estados Unidos, Argentina, Perú, Costa Rica. El año pasado, en plena pandemia, creó un proyecto colaborativo entre vecinos para confeccionar y donar 6.000 cubre tapabocas al personal sanitario y a la ciudadanía de Graz: “no nos podíamos ver, pero todos estábamos trabajando desde nuestras casas: cortando, cosiendo, desinfectando… Luego dejamos los tapabocas en un punto, afuera de mi casa y la gente podía venir a recogerlos. Queríamos poner una sonrisa de color, en medio de tanta incertidumbre. Fue muy lindo porque nos dejaron mensajes, chocolates, botellas de vino y otros detalles”. Esa iniciativa llenó las redes sociales y llamó la atención de varios medios de comunicación alrededor del mundo.

Hilos Viajeros: la receta de la felicidad explicada por 100 migrantes

Motivada por contar su historia y la de otros migrantes que ha conocido en el camino, Juanita empezó a escribir un libro que será publicado en abril de 2021, y que luego se convirtió también en un guión. Así, en un camino lleno de hermosas casualidades, se asoció con tres de sus amigos para crear “Hilos Viajeros”, una docuserie web con la que quiere poner su parte para transformar el mundo y enviar un mensaje claro: “todos somos iguales, y aunque seamos extranjeros, podemos salir adelante donde sea y aportar cosas maravillosas a cada comunidad. El mundo ha visto unos grandes movimientos migratorios, que se han dado muy rápido, y aún no hemos tenido tiempo de re-engranarnos y conocernos, por eso vemos tanta intolerancia y tantos muros que se están levantando, cuando realmente podemos ir más allá si trabajamos todos juntos”.

Esta serie cuenta las historias de 100 migrantes, 35 de ellos colombianos, que han salido adelante en el exterior, y que piensan que “la noción del éxito no es el carro, la casa, el puesto… Sino el ser nosotros mismos y respetar nuestros sueños”. En cada capítulo de 25 minutos, cada uno de ellos cuenta su historia, entretejida de alguna forma con la del Costurero de Juanita. La serie tiene además otro objetivo: recaudar el dinero suficiente para abrir una fundación en Colombia que impacte a jóvenes entre los 10 y los 17 años a través del arte y los oficios. Hilos Viajeros se lanzó el 3 de febrero y está en YouTube, donde se publica un nuevo episodio cada dos semanas.

 

Sobre el Autor

Manuela Osorio

Manuela es Comunicadora Social y Periodista de la Universidad de Manizales y tiene un máster en Economía Creativa, Gestión Cultural y Desarrollo de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Ha vivido y trabajado en Estados Unidos, India y Reino Unido. Hoy se dedica a la creación de estrategias digitales para empresas y contenidos para medios digitales e impresos, desde España.

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