
El pasado 13 de septiembre terminó en Linz, Austria, una de las citas más importantes del mundo para quienes exploran el encuentro entre arte, tecnología y sociedad: el Ars Electronica Festival 2026.
Entre cientos de creadores y proyectos internacionales hubo una historia que comenzó mucho más lejos de los sofisticados escenarios europeos. Comenzó en Colombia, atravesó el exilio y encontró en las máquinas una manera inesperada de hablar sobre memoria, poder y justicia.
Su protagonista es Paolo Almario, artista colombiano-canadiense nacido en Florencia, Caquetá, cuya instalación Mermelada recibió el Gran Premio State of the ART(ist) 2026.
Pero detrás del reconocimiento internacional hay algo mucho más profundo.
La historia de Paolo Almario, arte y tecnología demuestra que emigrar no siempre significa dejar atrás aquello que nos marcó. A veces, la distancia permite encontrar un lenguaje diferente para contarlo.
Una obra colombiana llegó a Austria
Del 9 al 13 de septiembre, Mermelada formó parte del Ars Electronica Festival, celebrado en Linz bajo el lema Negotiating Humanity.
No llegó allí por casualidad.
La instalación había sido seleccionada como ganadora del Gran Premio State of the ART(ist) 2026 entre 561 proyectos provenientes de 86 países, la participación más alta registrada hasta ahora por esta iniciativa.
El reconocimiento, impulsado por Ars Electronica junto con el Ministerio Federal de Asuntos Europeos e Internacionales de Austria, destaca obras desarrolladas en contextos atravesados por persecución, conflictos, violencia estructural o restricciones a la libertad de expresión.
Por primera vez, el máximo reconocimiento fue otorgado a un artista colombiano.
Y justamente allí cobra fuerza la historia de Paolo Almario, arte y tecnología, porque su obra no utiliza la innovación simplemente para sorprender. La utiliza para hacer preguntas.
Preguntas incómodas.
¿Quién tiene el poder? ¿Quién controla los relatos? ¿Qué ocurre con la memoria cuando las instituciones fallan? ¿Puede el arte transformar una experiencia personal en una conversación colectiva?
Miles de etiquetas, cinco rostros y máquinas que los hacen desaparecer
A primera vista, Mermelada puede desconcertar.
La instalación presenta retratos relacionados con figuras del poder y del sistema judicial colombiano. Desde cierta distancia parecen imágenes convencionales. Sin embargo, cuando el visitante se acerca descubre que están construidas con miles de pequeñas etiquetas de mermelada colombiana, recortadas y ensambladas manualmente sobre paneles transparentes.
Entonces aparecen las máquinas.
Durante la exposición, mecanismos robóticos retiran progresivamente las piezas de esos rostros hasta descomponerlos.
Una por una.
Mientras esto sucede, el público se sienta alrededor de una mesa y come pan con mermelada colombiana. Los pequeños fragmentos desprendidos de los retratos caen y terminan mezclándose con las huellas de esa experiencia.
Nada ocurre por accidente.
En Colombia, la palabra “mermelada” ha sido utilizada coloquialmente para referirse al reparto clientelista de recursos, cargos o poder político. Almario toma ese término, lo convierte en materia física y después permite que una máquina desmonte aquello que parecía sólido.
Así, Paolo Almario, arte y tecnología se encuentran en una obra que no pretende entregar respuestas sencillas. Obliga al espectador a observar cómo el poder puede construirse, fragmentarse y desaparecer frente a sus ojos.
Cuando las máquinas se convierten en pinceles
Paolo Almario no pinta de manera tradicional.
Sus herramientas son algoritmos, sistemas digitales, mecanismos automatizados y robots.
En su manifiesto personal utiliza una expresión que resume buena parte de su universo creativo: sus pinceles son máquinas.
La frase permite entender su trabajo.
La tecnología no reemplaza la emoción. Tampoco constituye un adorno futurista. Es el lenguaje que eligió para hablar de experiencias profundamente humanas: identidad, pérdida, memoria, injusticia, control y resistencia.
En Paolo Almario, arte y tecnología no aparecen como mundos opuestos. Por el contrario, se necesitan.
Las máquinas ejecutan movimientos precisos y repetitivos, pero aquello que destruyen está cargado de historia. Esa contradicción entre la frialdad del mecanismo y la intensidad de lo que representa produce buena parte del impacto de su obra.
De Florencia, Caquetá, a Canadá
Para comprender Mermelada también hay que regresar a Colombia.
Paolo Almario nació en Florencia, Caquetá, y estudió Diseño en la Universidad de los Andes. Posteriormente se trasladó a Quebec, Canadá, donde completó una maestría en Artes en la Université du Québec à Chicoutimi.
Su vida fuera del país, sin embargo, no puede separarse de la historia familiar que posteriormente atravesaría su producción artística.
Almario se estableció en Canadá en 2011 y obtuvo protección como refugiado en 2015. Años después, en 2022, se naturalizó ciudadano canadiense.
Según ha explicado el propio artista, durante décadas su familia estuvo marcada por situaciones de persecución política y procesos judiciales relacionados con su padre, el excongresista Luis Fernando Almario Rojas. El artista cuestiona públicamente esos procesos y sostiene que las experiencias vividas por su familia terminaron convirtiéndose en una de las raíces de su trabajo.
Es importante distinguir aquí la creación artística de la determinación judicial de los hechos. Mermelada expresa la interpretación, la experiencia familiar y los cuestionamientos de Almario frente a esas instituciones y procesos.
Pero precisamente esa experiencia permite comprender algo esencial: el exilio no consiguió borrar a Colombia de su obra.
Hizo exactamente lo contrario.
El exilio también transforma la manera de contar
Cuando una persona abandona su país, no lleva únicamente una maleta.
Viajan también los recuerdos, las preguntas que quedaron sin respuesta, las experiencias familiares, los lugares que alguna vez llamamos hogar y hasta aquellas historias que preferiríamos olvidar.
Cada migrante procesa esa distancia de una manera diferente.
Algunos intentan comenzar desde cero. Otros mantienen una relación constante con el país. Y algunos convierten esa experiencia en creación.
Eso ocurrió con Paolo Almario, arte y tecnología.
La distancia geográfica no eliminó su relación con Colombia. Le permitió observarla desde otro territorio y construir un lenguaje propio para hablar de aquello que continuaba acompañándolo.
Su caso plantea entonces una idea que trasciende al artista: emigrar no necesariamente rompe el vínculo con el lugar de origen; muchas veces lo transforma.
Y esa transformación puede producir conocimiento, arte, investigación y nuevas formas de comprender lo vivido.
Del relato personal a una conversación universal
Una de las razones por las que Mermelada logró trascender las fronteras colombianas es que, aunque nace de una historia particular, toca preguntas universales.
El poder existe en todas las sociedades.
También existen la desigualdad, el abuso institucional, la fragilidad de la memoria y la necesidad humana de ser escuchados.
Por eso el jurado de State of the ART(ist) destacó la capacidad de la instalación para convertir una historia familiar vinculada con Colombia y el exilio en una reflexión participativa sobre poder, justicia y fallas institucionales.
En ese punto, Paolo Almario, arte y tecnología dejan de ser solamente la historia de un colombiano en el exterior.
La obra comienza a hablarle a cualquiera que alguna vez haya sentido que una institución puede ser más poderosa que un individuo.
Y allí aparece una de las mayores capacidades del arte: tomar una experiencia profundamente personal y convertirla en una pregunta que otros también pueden hacerse.
Un colombiano entre 561 proyectos de 86 países
El reconocimiento adquiere otra dimensión cuando se observan las cifras.
State of the ART(ist) recibió este año 561 propuestas de 86 países. Ars Electronica señaló que fue la convocatoria con mayor participación desde que comenzó la iniciativa en 2022.
Entre todas ellas, el Gran Premio fue para Mermelada.
No solamente representa un reconocimiento a la trayectoria de Almario. También sitúa una creación atravesada por la historia colombiana dentro de una conversación internacional sobre derechos humanos, libertad artística, tecnología, poder y resistencia.
Desde Florencia, Caquetá, hasta Linz, Austria, hay miles de kilómetros.
Pero también hay años de formación, desplazamientos, incertidumbre, adaptación y creación.
Por eso la historia de Paolo Almario, arte y tecnología resulta especialmente significativa para quienes vivimos fuera de nuestro país: recuerda que una trayectoria migratoria no se define únicamente por aquello que dejamos atrás, sino también por lo que somos capaces de construir con todo lo que llevamos dentro.
La exposición terminó, pero la obra continúa
Ayer se cerraron las puertas del Ars Electronica Festival 2026 en Linz.
Las máquinas dejaron de desmontar los retratos frente al público austríaco. Sin embargo, el recorrido de Mermelada no termina allí.
La instalación tiene prevista una nueva presentación internacional en Francia, dentro de la Bienal Chroniques, que se celebrará en Marsella entre el 24 de octubre y el 13 de diciembre de 2026.
La obra seguirá viajando.
Y quizás haya algo profundamente simbólico en ello.
Porque también viajó su creador. Viajó su historia. Viajaron sus recuerdos y las preguntas que alguna vez comenzaron en Colombia.
Hoy esas preguntas ocupan galerías y espacios internacionales donde personas que posiblemente nunca han escuchado la expresión colombiana “repartir la mermelada” se detienen frente a una máquina que desmonta un rostro pieza por pieza.
Cuando emigrar no significa olvidar
Las historias de colombianos en el exterior suelen medirse en logros: el cargo alcanzado, el premio recibido, la empresa creada o el reconocimiento conquistado.
Pero algunas historias merecen otra mirada.
La de Paolo Almario no habla únicamente de llegar lejos.
Habla de transformar lo vivido.
De convertir la distancia en perspectiva, la memoria en creación y la tecnología en un lenguaje capaz de cuestionar aquello que muchas veces preferimos no mirar.
Ayer terminó una exposición en Austria.
Sin embargo, detrás de las máquinas, las etiquetas y los reconocimientos permanece una historia que comenzó mucho antes, a miles de kilómetros de allí.
Una historia colombiana que atravesó fronteras y encontró en el arte una manera de hacerse escuchar.
Porque quizá una de las formas más profundas de mantener el vínculo con el lugar del que venimos no consiste solamente en recordarlo.
A veces consiste en transformar esa memoria en algo capaz de hablarle al mundo.





