
Hay distancias que se miden en kilómetros y otras que, de repente, se sienten en el alma.
El pasado 10 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia, con epicentro cerca de San José del Palmar, Chocó, miles de colombianos que vivimos fuera del país sentimos que la tierra también se movía debajo de nuestros pies, aunque estuviéramos a miles de kilómetros de distancia.
Comenzaron los mensajes, las llamadas, las imágenes, los nombres de ciudades conocidas. Pereira. Cali. Quibdó. Manizales. Armenia. Risaralda, Chocó, Valle del Cauca, Caldas, Quindío… Y detrás de cada nombre había una pregunta mucho más íntima: ¿están bien los míos?
Para quienes vivimos lejos, una tragedia de esta magnitud tiene una dimensión emocional difícil de explicar. Colombia sigue siendo ese lugar donde viven nuestros padres, hermanos, hijos, amigos, recuerdos y una parte irrenunciable de nuestra historia.
Por eso, hoy la solidaridad colombiana desde el exterior necesita convertirse en algo más que tristeza compartida.
La angustia de estar lejos cuando los nuestros nos necesitan
Quizás uno de los sentimientos más difíciles de la vida migrante sea descubrir que la distancia se vuelve inmensa justamente cuando más quisiéramos estar cerca.
Después del terremoto, muchos conocimos esa desesperación: llamar y no recibir respuesta. Escribir un mensaje y observar durante minutos interminables que no ha sido leído. Buscar desesperadamente información en redes sociales. Preguntar a familiares, vecinos y amigos.
La interrupción de las comunicaciones agravó esa incertidumbre en varias de las zonas afectadas. De hecho, la Cruz Roja Colombiana activó mecanismos para ayudar a restablecer el contacto entre familiares.
Pero para algunas familias la llamada que finalmente llegó trajo la noticia que nadie quería recibir.
A quienes perdieron a un padre, una madre, un hijo, un hermano, un amigo o alguien amado en esta tragedia, no existen palabras capaces de borrar semejante dolor. Desde estas páginas queremos abrazarlos simbólicamente y recordarles que su pérdida también nos duele como comunidad.
Porque emigrar cambia nuestra dirección, pero no necesariamente el lugar al que pertenece nuestro corazón.
De la impotencia a la acción

Ahí comienza la solidaridad colombiana desde el exterior.
No todos podemos viajar a Colombia. No todos podemos enviar grandes cantidades de dinero. Pero millones de colombianos vivimos fuera del país y una pequeña contribución, multiplicada por miles de personas, puede convertirse en alimentos, agua potable, medicamentos, alojamiento temporal y apoyo para familias que necesitan comenzar nuevamente.
La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja lanzó un llamamiento de emergencia por 25 millones de francos suizos para fortalecer la respuesta de la Cruz Roja Colombiana. La organización trabaja en búsqueda y rescate, atención de heridos, reunificación familiar, alojamiento y asistencia humanitaria.
La solidaridad colombiana desde el exterior puede tener, entonces, consecuencias muy concretas.
Estados Unidos, España y el mundo: ayudar sí es posible
Para quienes vivimos en Estados Unidos, España, Canadá, Reino Unido, Europa, América Latina o cualquier otro lugar del mundo, la distancia no tiene por qué convertirse en una excusa para permanecer como espectadores.

En España, los consulados colombianos en Madrid y Valencia han pedido expresamente utilizar el canal oficial de la Cruz Roja Colombiana. En Estados Unidos, la Cruz Roja Americana está trabajando conjuntamente con la Cruz Roja Colombiana y la Federación Internacional y, además, ha habilitado mecanismos para las familias que no logran contactar a sus seres queridos.
También existen organizaciones que trabajan específicamente con comunidades afectadas. ProColombia ha reunido en un portal de ayuda opciones como UNICEF, la Cruz Roja Colombiana, la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia, Children Change Colombia y la iniciativa SOS Chocó de Fundación Tierra Grata.
Eso también es solidaridad colombiana desde el exterior: informarnos antes de donar y elegir organizaciones verificadas para que nuestra intención realmente se convierta en ayuda.
La reconstrucción comienza cuando las cámaras se van

La reconstrucción puede tomar meses o años.
Dosquebradas, por ejemplo, uno de los municipios duramente afectados, ha advertido sobre la necesidad de mantener la ayuda humanitaria mientras comienza la recuperación de viviendas, escuelas, vías, infraestructura y sectores productivos.
Por eso la solidaridad colombiana desde el exterior no debería terminar cuando desaparezcan las imágenes de nuestros teléfonos.
Tal vez dentro de tres meses una familia siga necesitando reconstruir su vivienda. Un niño continúe esperando regresar a su escuela. Un pequeño comerciante necesite recuperar aquello que construyó durante toda una vida.
Estar lejos no significa estar ausentes

Hoy esa mano puede llegar desde Madrid, Chicago, Miami, Nueva York, Toronto, Londres, París o cualquier ciudad donde haya un colombiano pensando en su tierra.
La solidaridad colombiana desde el exterior no se mide solamente por cuánto podemos donar. También significa organizar una campaña, verificar información, apoyar una fundación seria, compartir un canal oficial, convocar a nuestra comunidad o mantener viva una causa cuando otros ya dejaron de hablar de ella.
La solidaridad colombiana desde el exterior significa entender que emigrar no canceló nuestra pertenencia.
Estamos lejos, sí. Pero Colombia sigue siendo nuestra. Y quizás sea precisamente en momentos como este cuando podemos demostrar que los kilómetros pueden separar nuestros cuerpos, pero jamás deberían separarnos de quienes necesitan nuestra mano.
Que esta vez no nos quedemos solamente mirando las imágenes. Que la distancia también se convierta en ayuda.
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