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Conozcan a Héctor, el ‘vallenatero chino’

Conozcan a Héctor, el ‘vallenatero chino’

Pocas cosas hay más colombianas que un vallenato: ese género musical que nació en la Región Caribe de Colombia, con influencias europeas, negras e indígenas, y que en el 2015 fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Es tanta su importancia, que treinta años antes de esa distinción, nuestro querido Nóbel, Gabriel García Márquez, hizo una revelación sobre su obra más célebre; una de las más leídas, traducidas y conocidas en el mundo: ¿Qué es ‘Cien años de soledad’? Pues, no es más que un vallenato de 450 páginas”.

No es de extrañar entonces que el héroe de esta historia no sea costeño, sino de un pueblo cafetero de Nariño, al suroccidente de Colombia y a más de 1.000 kilómetros de Valledupar, considerada como la cuna del vallenato. Se llama Héctor Palacios y su vida no ha tenido nada de convencional: es un hombre de negocios al que la inspiración le llegó en sueños. Como los primeros exponentes del género, este músico autodidacta también va por ahí cantando historias al ritmo del acordeón de otro paisano; pero en lugar de hacerlo por los pueblos de su patria y en español, lo hace al otro lado del Pacífico, en chino mandarín. Héctor es el compositor del primer vallenato en chino de la historia, y fundador de ‘Chinastía Vallenata’, un dúo musical que desde el 2018 ha despertado la curiosidad de colombianos y chinos en las redes sociales. 

Su viaje desde Rosaflorida hasta China hace ya 26 años, sus aventuras allí, su historia de amor con Isabel y hasta la misma pandemia que lo tuvo alejado de su hijo durante meses, parecen gestas sacadas de las letras de los vallenatos que tanto le gustan, esos mismos “cuentos cantados” que tanto inspiraron a García Márquez. A Héctor la pandemia lo cogió de vacaciones en Colombia, y los dos meses que había planeado pasar allí se convirtieron en once. Desde allí vio, con impotencia, cómo su segunda patria empezaba a cerrarse al mundo ante el descontrol del coronavirus, y decidió utilizar su fórmula musical para enviar un mensaje de solidaridad al pueblo chino: reunió a unos viejos amigos de la agrupación Raíces Andinas, y adaptó una de sus melodías para cantar su mensaje en chino: «después de la tormenta siempre habrá un bello arcoiris, brillará un nuevo sol». El video le dio la vuelta al mundo, y salió en varios medios latinoamericanos y asiáticos. 

Atraídos por su originalidad y carisma, en Vínculos estuvimos buscándolo “por cielo y tierra” sin tener mucho éxito, hasta que un día recibimos un mensaje suyo contándonos las últimas noticias: por fin estaba de vuelta en China, tras un largo viaje y una cuarentena obligatoria sin acceso a internet. En una larga y entretenida entrevista, el ‘vallenatero chino’ nos contó su vida. 

Después de 11 meses sin ver a su esposa y a su hijo, Héctor pudo regresar a Xiamen en noviembre. “Mi hijito ya se estaba olvidando de mí, no me reconocía y tuve que volver a ganarme su cariño”.

Vínculos: Llegaste a China en 1994, a hacer una especialización en deporte. ¿Cómo fue el proceso para dar ese salto de más de 16.000 kilómetros?

Héctor: La historia es así: yo soy un muchacho del campo, de las montañas de Nariño. Mis padres eran profesores y con ellos estudié la primaria, y luego me fui para Pasto, porque en ese tiempo allá en mi campo no había secundaria. Allá hice el bachillerato y luego dos carreras universitarias: educación física e idiomas. Al graduarme quise practicar los idiomas que había aprendido, y hacer amigos de otros países; pensaba en Estados Unidos o Europa, pero no tenía la capacidad económica, entonces me presenté a una beca del gobierno chino y me la gané. No sabía nada de China, no tenía ni idea de lo que era China, pero como quería irme a aventurar, me dije: ‘bueno, ¡vámonos!’… Sin saber en lo que me estaba metiendo (risas). Por aquel entonces nadie quería venir: nadie se imaginaba el desarrollo que iba a tener este país y ahora es una potencia mundial y está súper de moda, así que tuve mucha suerte. 

Vínculos: ¿Alguna vez te imaginaste viajando por el mundo, y viviendo en un país asiático?, ¿Cómo imaginabas tu vida cuando eras pequeño?

Héctor: Nunca me imaginé viajando por el mundo, y empezar por Asia. Imagínate, un chico de un campo que no tiene muchas oportunidades, ¡escasamente ir y estudiar en una ciudad pequeña, que es Pasto!, no tenía ni idea. Pero siempre fui aventurero, me gustaba arriesgarme, visitar amigos en otros lados, o irme a sitios desconocidos; en las vacaciones yo cogía mi mochila y me iba echando dedo, sin rumbo fijo, sin el pasaje, subiéndome a cualquier carro que me quisiera llevar hasta donde ellos iban. Me gustaba mochilear, como decimos en Colombia, pero nunca tuve el plan de ir a dar al otro lado del mundo. 

En varias entrevistas has contado que estuviste a punto de “tirar la toalla” y volver a la tierrita, porque aceptémoslo, ¡migrar no es nada fácil!… Sin embargo, perseveraste y te quedaste. ¿Cómo ves nuestras diferencias culturales, qué has aprendido de ellas?

Somos dos culturas diferentes; desde la comida y la religión -nosotros católicos, ellos budistas-, hasta la forma de recrearse y vivir la vida. Lo que más me llama la atención de los chinos es esas ganas que tienen de trabajar, hace años nadie quería venir aquí porque era un país pobre, comunista, totalmente cerrado, y cuando murió Mao Tse Tung, empezaron a hacer una apertura económica y a incentivar a las empresas a que vinieran a producir aquí a cambio de beneficios; se empezaron a desarrollar tanto, que dejaron de ser pobres y se volvieron ricos. Por eso uno entiende por qué a los chinos les gusta tanto el dinero y por qué siempre lo mencionan en sus charlas diarias: cuánto ganas, cuántos gastas y cuánto ahorras, y por qué se esfuerzan tanto; a donde vayan ellos siempre trabajan duro y consiguen lo suyo, y nosotros pues… no siempre lo hacemos así. Eso es lo que más admiro y me ha enseñado a rebuscármela, a ver cómo de la nada sacas una idea y vas pa’ delante.

Héctor Palacios y Ángel Soto son ‘Chinastía Vallenata’, un dúo colombiano que canta vallenatos en chino mandarín desde el 2018.

Los migrantes siempre tenemos el corazón dividido, extrañando cosas de allá, fascinados con cosas de acá… ¿Qué es lo que más extrañas de Colombia, y lo que te gusta y no te gusta de China? 

Lo que más me gusta es la seguridad que hay aquí: Colombia que es un país muy inseguro, muy violento, donde a veces es peligroso salir de noche y tienes que pensar por qué calle te metes. Aquí en China no tienes que pensar en nada de eso; sales a cualquier hora y te metes en la calle más oscura, con la tranquilidad de que no te va a pasar nada. Lo que menos me gusta es que el desarrollo que ha tenido China también ha traído mucha polución; hay muchas fábricas produciendo de todo, ¡es la fábrica del mundo! La vida se ha vuelto muy ocupada, todo es comercio, hay mucha competencia, y también mucha inseguridad alimentaria, vas al supermercado y no sabes lo que estás comprando: hay carnes contaminadas, leche que ya no es leche porque le echan químicos, frutas y vegetales regados con agua sucia… En Colombia hay mucha riqueza natural, a veces no vemos eso. Lo que más extraño de allá es a mi familia colombiana y a mis amigos: mi pueblo, que es un caserío con gente muy amable, muy amiguera. Esa alegría que tenemos los latinos, esa chispa, es lo que más extraño de mi tierra.

¿Hay una comunidad latina fuerte en Xiamen?

¡Por supuesto! Ya te digo, ahora todo el mundo quiere venir a China; hace 26 años yo era de los pocos acá, pero ahora hay muchos latinos haciendo negocios, hay muchas oportunidades de trabajo. Xiamen, la ciudad donde yo vivo, es pequeña para estándares chinos: tiene 4 millones de habitantes, en comparación con ciudades grandes como Shangai y Beijing, que tienen 22 millones cada una, o las ciudades medias que tienen entre 14 y 16 millones. Allí hay más restaurantes y bares latinos para ir a bailar salsa, bachata y todos nuestros ritmos; aquí es a menor escala, pero igual tenemos nuestro grupito de amigos y la pasamos bien. 

¿Celebraste con ellos la Navidad y el Año Nuevo? Fiestas que no son típicas en China, pero para nosotros son muy importantes

Tanto en Navidad como en Año Nuevo, nosotros nos reunimos con los amigos colombianos, hacemos una cena y una fiestecita; Isabel, mi esposa, ha estado dos veces en Colombia y se ha dado cuenta de cómo celebramos, así que en nuestra casa hacemos arbolito y tratamos de que el niño empiece a empaparse de esas costumbres. Los chinos no tienen estas fiestas en su cultura; en los centros comerciales ves la figura del Papá Noel y toda esta cuestión, pero es más comercio. En cuanto al Año Nuevo, ellos tienen su propia celebración, que no tiene una fecha fija porque ellos se rigen por el calendario lunar, pero es a finales de enero y principios de febrero. Su forma de celebrar es parecida a la nuestra: comidas en familia, mucha pólvora y visitas a sus templos para orar y encomendarse para el nuevo año. Los latinos en China tenemos la dicha de celebrar dos veces: en diciembre y enero nuestras fiestas y, si quedó faltando, ¡pues rematamos con el Año Nuevo chino! 

Héctor e Isabel están criando a su hijo con las tradiciones chinas y latinas. ¡En esta familia no faltan las fiestas, la música ni el fútbol!

Además de esos encuentros, ¿Cómo mantienes tus raíces colombianas?

Raíces son raíces y son muy difíciles de arrancar, ¡casi imposible! Soy colombiano, soy latino y ojalá eso se extienda a mi hijito; a él quiero inculcarle mi cultura, eso es algo que uno trae desde muy pequeño, muy adentro, en el alma, en el corazón, y me siento muy orgulloso de eso. Por eso empezamos este proyecto de cantar vallenatos en chino, de fusionar ese ritmo propio y cantar en chino-mandarín para llevarles un poco de nuestra historia y despertar su curiosidad sobre nuestro país y nuestro folclor. 

La idea de cantar vallenatos en chino se te ocurrió en sueños. ¡Cuéntanos esa historia!

Yo ya llevo aquí más de 26 años años: me gané una beca del gobierno chino que me permitió estudiar más, luego encontré oportunidades de trabajo (profesor de idiomas, guía turístico y ahora representante de dos empresas brasileñas), encontré una esposa y hoy tengo una familia. Yo sentía que en todo ese tiempo había estado sacando cosas de China, pero no había hecho nada por ella; quería agradecer de alguna forma todas esas oportunidades que tuve y, al mismo tiempo, hacer algo por mi patria, y un día tuve un sueño que me dio la idea: estaba cantando vallenato en la tarima de un festival que hacemos en mi pueblo, y cuando me bajé mis amigos fueron a felicitarme, pero un poco extrañados, ¡porque estaba cantando en chino! Ahí me desperté y empecé a escribir el vallenato que había soñado, con la melodía y todo. Yo creo que era algo que tenía guardado, se manifestó a través del sueño y ese fue el impulso para llevarlo a la realidad: me di cuenta de que yo puedo ser un embajador de la cultura colombiana en China y mostrar, a través de la música, una cara alegre, una cara distinta a la del narcotráfico y la violencia.

¿Y a los chinos les ha gustado el vallenato?

¡A los chinos les encanta! A pesar de que el vallenato es desconocido, un ritmo nuevo para ellos, cuando nos escuchan cantándolo en chino y entienden las letras se emocionan mucho; nos aplauden, nos muestran el pulgar hacia arriba, y se quieren tomar fotos con nosotros. Eso es lo que más nos reconforta; ver esa sonrisa y esa alegría de los chinos disfrutando nuestra música. Apenas estamos empezando, pero vamos a seguir trabajando duro para que este proyecto vaya para largo.

Héctor e Isabel se conocieron en un semáforo, y para él fue “amor a primera vista”. Sea “pura casualidad”, o “cosas del destino”, su relación ha demostrado ser a prueba de diferencias culturales, pandemias y confinamientos con separación forzosa.

Pasando a un plano más personal, ¿Cómo fue tu historia de amor con Isabel?

¡Eso fue amor a primera vista! Nos conocimos de una forma no muy convencional, fue una coincidencia, o cosas del destino. Ese día yo debía ir en carro hacia un lugar, y resulté yendo a pie, y por otra calle; cuando llegué a un semáforo en rojo, vi que al otro lado de la calle llegó una chica súper hermosa, así que cuando cambió la luz a verde, no me moví porque ella venía en mi dirección y quería verla aproximándose, y a medida que se iba acercando, me iba latiendo más fuerte el corazón (risas). Ella pasó por mi lado y yo intenté entablar una conversación, pero no me paró bolas y siguió su camino. Como me dejó impresionado, decidí seguir intentando y me fui detrás; en un momento lo dudé y casi me regreso porque tenía miedo de que pensara algo malo de mí, pero algo en mi instinto me decía que no podía desaprovechar esa oportunidad. En un momento ella volteó a mirar y me dijo: “¿Qué quieres? Yo no te conozco”, entonces le expliqué que solo quería conocerla, que por lo menos me diera el número de teléfono, y lo conseguí. En aquel entonces no había ‘wechat’, ni ‘whatsapp’, ni ninguna de estas plataformas de mensajes, pero sí existía el mensajito normal, y así empezamos a conversar. Como a las dos semanas ella me aceptó una invitación para salir a tomar un café, nos empezamos a conocer y poco a poco empecé a conquistarla con flores y otras invitaciones, hasta que nos cuadramos. Ahora somos esposos y tenemos un lindo bebé. ¡Esa es la historia de amor! (risas).

¿Cómo ha sido esa paternidad en el exterior?

Con Isabel nos llevamos muy bien en cuanto a ideas de cómo educar y criar a Jespalito, pero con mis suegros tenemos algunos roces. La cosa es que los chinos son muy supersticiosos y tienen muchas creencias, y a raíz de eso hemos tenido algunas discusiones. Por ejemplo, cuando Jespalito era bebé yo lo quería sacar a tomar el sol de la mañana, que es muy saludable, pero mi suegra se me paraba en la puerta y no me dejaba salir porque decía que era muy temprano y que afuera había fantasmas que se iban a apoderar del espíritu del bebé. ¡Cosas así!.. 

¿Cómo viviste la pandemia separado de tu familia, y cómo fue el reencuentro?

Yo fui a Colombia a comienzos de año con planes de estar allá dos meses, y allá me cogió la pandemia: China cerró sus puertas, y todo ese rollo que ustedes saben de aeropuertos cerrados y vuelos cancelados, así que no pude volver y me tocó quedarme en Colombia hasta noviembre, ¡once meses! Ahí tuve dos sentimientos encontrados: por un lado, qué rico estar en Colombia con mi familia, con los amigos, gozándome el clima de mi pueblo, pues hace mucho no tenía la oportunidad de pasar tanto tiempo allá; pero al mismo tiempo extrañaba mucho a mi familia en China, a mi esposa y a mi hijito, porque me fui dejándolo como un bebecito de siete meses y me perdí muchas cosas especiales como sus primeros pasos y cuando empezó a decir ‘papá’. Mi hijito ya se estaba olvidando de mí, y cuando regresé no me reconocía; al principio no quería ni que lo cargara, entonces tuve que volver a ganarme su cariño. Ahora estoy a cargo de su cuidado y la estamos pasando súper chévere.   

¿Qué planes tienes para el 2021?

¡Seguir trabajando! ‘Chinastía Vallenata’ es un proyecto muy nuevo, así que hay mucho por hacer y por conquistar. Seguiremos haciendo canciones, con la idea de seguir representando a nuestra patria para que la música colombiana se conozca en toda Asia. ¡Ojalá peguemos algún disco, para que todo el mundo tenga la oportunidad de bailar y de cantar el vallenato colombiano! Pero también queremos que los colombianos sepan que aquí hay un par de compatriotas que están representándolos, cantando en chino, y que allí también se interesen por la cultura y el idioma de este país. Junto a Procolombia y otras instituciones estamos trabajando en varios proyectos interesantes; nuestra intención es conseguir un intercambio cultural y ayudar a fortalecer las relaciones de amistad entre nuestros dos países.

Sobre el Autor

Manuela Osorio

Manuela es Comunicadora Social y Periodista de la Universidad de Manizales y tiene un máster en Economía Creativa, Gestión Cultural y Desarrollo de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Ha vivido y trabajado en Estados Unidos, India y Reino Unido. Hoy se dedica a la creación de estrategias digitales para empresas y contenidos para medios digitales e impresos, desde España.

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