Para los colombianos es un instinto impedir que la brisa fría de la noche entre a nuestras casas porque se mete el ‘sereno’, o evitar abrir la nevera recién llegados a la casa porque nos podemos ‘torcer’. Estas costumbres (varias de ellas basadas en supersticiones sin criterio científico) que nos enseñaron nuestras mamás, y a ellas nuestras abuelas, y así en una línea que viaja hacia atrás en el tiempo hasta el momento en que nadie se acuerda de dónde salió una cierta creencia. 

Pero lo cómico de la situación no es que estas costumbres nos resulten orgánicas a los colombianos, sino cuando se trata de explicarlas a personas que no crecieron con ellas. Los que vivimos en el exterior sabemos que aunque nuestros hábitos no se van cuando llegamos a otros países, al menos varios de ellos resultan exóticos para las personas que nunca han oído de ellas antes. Y si te has visto en la complicada pero divertida tarea de explicarlos, no estás solo, muchos de nosotros lo hemos tenido que hacer alguna vez. Aquí te contamos las supersticiones y creencias más populares de los colombianos que son únicas para nuestros amigos o familiares en el exterior. 

Una silla para el bolso: Las mujeres colombianas saben que la cartera, del tamaño que sea que la carguen, no se pone en el piso bajo ninguna circunstancia, pero no por cuestiones de cuidar el material del que esté hecho el bolso. La raíz de esto es la superstición de que el dinero se va si recurres a esta práctica, por lo que para nosotras es común buscar una silla o una mesa donde ponerlo. Ahora, si te sientes un poco rara dando esta explicación a un extranjero, puedes decir también que es un símbolo de mal gusto y en muchas circunstancias un símbolo de falta de etiqueta poner tu bolso por el lugar donde pisan las personas y puede haber otro tipo de residuos. 

 

El terror al sereno: En su famoso stand-up comedy, La Pelota de Letras, Andrés López nos cuenta cómo para los papás de las viejas generaciones colombianas, hay dos enemigos mortales: “capitán chiflón y super sereno”. Y aunque son términos relacionados, el último es el que tal vez todos hemos escuchado en algún momento de nuestras vidas porque al parecer es el responsable de los resfriados (especialmente los de los niños), cualquier tipo de enfermedad respiratoria y hasta de que a los bebedores les “alcancen los tragos” si se exponen a él. El famoso sereno, sin embargo, no es otra cosa que la bruma de la noche que se hace evidente con el cambio de temperatura al ocultarse el sol. Se dice que esta costumbre viene de tiempos en los que no había medicina desarrollada, y el frío producía enfermedades desconocidas, que muchos atribuyeron a la noche. En realidad, es un mito que compartimos con muchos países de habla hispana, incluido España. Pero, ¿de verdad ‘serenarse’ hace tanto daño a la salud?  En el caso de los bebés, expertos recomiendan por supuesto no sacarlos a la calle si las condiciones climáticas no son favorables, pero al mismo tiempo no se ha comprobado que la exposición a corrientes de aire tenga grandes efectos en la salud. 

¡No, que te tuerces!: Hablando de mitos arraigados en nuestra, uno que nos ha acompañado toda la vida es la de no abrir la nevera si acabamos de llegar de fuera, o si nos hemos expuesto a dosis de calor como usar el secador o la plancha de pelo. De nuevo, la creencia proviene de hace tanto tiempo que nadie recuerda de dónde salió, pero lo cierto es que está de mito tiene poco y mucho de verdad. Médicos expertos coinciden en que los cambios bruscos de temperatura pueden de hecho afectar las pequeñas arterias del nervio facial, que al pasar de un sitio cálido a uno frío o viceversa, se cierran y ocasionan la pérdida o deterioro de su función, ocasionando parálisis facial o lo que conocemos como “torcerse”. Y aunque es difícil que esto sea ocasionado por abrir la nevera recién llegados a casa, lo mejor es conservar la mesura y cubrirse la garganta y las vías respiratorias si vamos a estar expuestos a estos cambios.

 

Para vencer la lluvia: Cuando realizamos un evento al aire libre dependemos de muchos factores, pero el más importante de ellos es el clima. Y aunque es algo que no podemos controlar, los colombianos tenemos un mito que apunta a que sí podemos darle un empujoncito para evitar la lluvia. Y aunque obviamente no hay nada que soporte estas teorías, hay toda una variedad de ritos que pueden hacerse: desde enterrar un cuchillo hasta donar huevos a un convento (ofrecidos a Santa Clara de Asís), hay una creencia popular de que la fe puede jugar con los elementos de la naturaleza. Algunos dicen que les funciona, así que no queda sino intentarlo. 

Funcionando con la Luna: Nuestras abuelas, y seguramente nuestras mamás, son mujeres que crecieron con una gran cantidad de creencias alrededor de sus rituales de belleza e higiene corporal. De ellas, una de las que más sobrevive es la de programar los cortes de pelo según las fases de la Luna. ¿Por qué? La creencia apunta a que las fases lunares (esto es, los cambios aparentes de la porción visible de este satélite) tienen influencia en el crecimiento del cabello. “Muchas personas que creen en los efectos de los ciclos lunares sobre el cuerpo humano (incluido el cabello), ya que le atribuyen un efecto similar por la fuerza del campo gravitacional en el cuerpo de los seres humanos y animales. De acuerdo con sus creencias, el pelo crece más fuerte, los productos de cuidado capilar son más eficaces y el resultado del cuidado capilar es mucho más efectivo si se tiene en cuenta el calendario lunar”, explican expertos de Schwarzkopf en un artículo de la revista Glamour. Según esta creencia de las abuelas, lo mejor para que el pelo crezca sano es cortarlo en las fases de luna llena o cuarto menguante, así que asegúrate de llevar la cuenta cuando vayas a la peluquería.

Son muchas las características culturales que nos definen, pero sin duda, estas anécdotas que ya hacen parte de nuestra tradición se han vuelto parte importante de lo que somos como país y como comunidad. Y  dado que varias de ellas han probado ser ciertas, nunca está de más creerle a las abuelas para evitarnos un mal rato, ¿no?

 

Escrito por Jeniffer Varela Rodríguez