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Un colombiano revoluciona el mercado de la pastelería mundial.

Un colombiano revoluciona el mercado de la pastelería mundial.

Cartagenero de nacimiento, manizaleño de corazón y ¡colombiano en todo su esplendor! Ganador del premio a diseñador de pasteles del año (2020), por la asociación de artistas y decoradores de pasteles de Australia, -ACDN, Australian and International Cake Decorating Network -.  

Reconocido por el organismo oficial de la industria de la decoración de pasteles y galletas en Australia, –Acada, Australian Cake Artists & Decorators Assoc Inc.-, como el artista de crema de mantequilla del año (2021).

Tiene 66.5K seguidores en Instagram. En el 2019, viajó por todos los continentes, a excepción de la Antártica, enseñando la técnica de crema de mantequilla que él mismo creó, y con la que hoy revoluciona el mercado de la pastelería mundial. 

En la actualidad tiene más de 13.000 estudiantes en su academia en línea, By Aletoso. Este 19 de octubre, retomará sus cursos presenciales en una gira de tres meses, en la que dará 54 clases en 13 países de Europa, Suramérica y Norteamérica. 

Entrevistarlo fue como estar sentada en la sala de una casa caldense, en medio de pan y café caliente. Su historia fue el chisme mejor contado por el mismo protagonista. 

Camilo Murcia es el artista revelación, es el genio, es el innovador, y es quien me hizo recordar, una vez más, que los colombianos somos de exportación.   

Su historia

“Cuando estaba en sexto semestre de Diseño Industrial, en Manizales, estudié un curso intensivo de cocina en el SENA, pero lo hice como pasatiempo. Al principio no se me cruzaba con la universidad. Ya cuando quise hacer el segundo nivel sí interfería, entonces mi mamá me dijo: ‘no, no, no señor, me acaba la universidad primero, y si quieres luego estudias cocina.’”, cuenta Camilo.   

Siempre ha sido un hombre inquieto, le gusta saber el porqué de las cosas, cómo funcionan, llegar al meollo del asunto, y quién diría que allí radicaría su éxito. 

Llegó a Brisbane en el 2008, todavía en su década de los 20, así que parrandeó y gozó lo que quiso, aunque muy a diferencia de quienes salimos a esa edad y no sabemos ni freír un huevo, Camilo hacía deliciosos platos de comida colombiana y le cocinaba a sus amigos. 

“Yo nunca tuve esa vida de estudiante de comer atún con noodles. Mis almuerzos eran: lentejas, fríjoles, bandeja paisa, arroz con pollo, sudado, y obviamente, cuando uno está lejos, extraña ese tipo de cosas”, recuerda.

Por supuesto, la noticia de la sazón de Camilo se regó como pólvora. Uno de sus compañeros de la casa le propuso pagarle por los almuerzos. 

“Te cuento que eso se volvió un restaurante. Tenía hasta 40 personas que llegaban para almorzar los viernes a mi casa. Como eran todos colombianos y amigos, eso era: párese que llega el otro, párese que llega el otro, y cuando eran fríjoles… literalmente era echándole agua a la sopa. Me llamaban, ‘negro voy con alguien más’, y hágale, échele agua a esos fríjoles pa’ que rindieran”, relata con gracia.  

Y así empezó su aventura. En ese cuento de vender almuerzos llegó Sean, un australiano quien, en compañía de su esposa colombiana, Valentina, le ofrecieron ser el chef del café que abrirían en la ciudad. 

“Una noche, Sean cumplió años. Valentina me invitó a pasar para celebrar y le pregunté si ya tenían la torta y me dijo que no, así que me ofrecí a hacerla”, recuerda.

No tenía conocimientos de repostería, sólo lo básico: leche, azúcar, harina. El impacto, según él, fue la decoración.  De esa torta llegaron muchas más, y Camilo entendió que, quizás, estaba ante una oportunidad de negocio.

“Te cuento que hice mi investigación de mercado, me fui de tienda en tienda por tortas, sabores, comprando, y así por unas semanitas. Cuando terminé me di cuenta de que no había una persona haciendo tortas, ¡había un millón!”, exclama. 

Innovación 

¿Cómo podría destacarse en un mercado tan competitivo?

Uno de los pasteles que Camilo hizo, aún siendo novato en el tema, fue de la Sirenita. Allí tuvo que recurrir al Fondant, ese pastillaje blanco de azúcar, que parece plastilina, tan popular en las tortas de matrimonio. Sí, ese que, por dulce, pocos se comen. Sin embargo, le resultó engorroso y decidió utilizar crema de mantequilla. 

Probó con cremas de todas partes del mundo, incluyendo la americana, la italiana y la suiza, tres de las más famosas, pero algo ocurría: el clima de Brisbane es tropical, la humedad es alta y las cremas no eran lo suficientemente estables para mantenerse de pie. Se derretían. 

“Ahí fue que cuando me pregunté, ¿cómo sacar mi propia receta y cómo hacer todas esas figuras que hacen en pastillaje, pero usando solo crema de mantequilla y papel comestible?”, se acuerda. 

Con tiempo y paciencia creó su propia versión de crema de mantequilla, una que no se derrite con la humedad o el calor, de excelente textura, brillante y con las características de las demás, solo que, sin huevo, mucho más económica y fácil de hacer. ¡Boom! 

“Las cremas de mantequilla están nominadas por países. Australia no tenía ninguna, entonces yo le di el título: Australian buttercream, porque la creé basada en los requerimientos de este país.”, indica. 

Hace dos años es pastelero de tiempo completo, y aunque nunca se imaginó dedicarse a esto, su talento lo ha llevado lejos. 

Cuando le pregunté por qué Aletoso, su respuesta me hizo sonreír, y entendí que para brillar hay que ser auténtico, fiel a quien se es y de donde se viene. Recordé que hay que abrirles más espacio a estas noticias, porque aún son muchos los que dejan nuestro nombre en alto, y no tenemos la fortuna de agradecérselo. 

“Cuando llegué a Australia, mi grupo de amigos eran caleños, y ellos utilizan mucho la palabra aletoso, alguien que le gusta llamar la atención, y ese soy yo. De repente todo se convirtió en aletoso, y para mí es un orgullo que me conozcan así”, concluye. 

Aquí más sobre la historia de Camilo. 

Sobre el Autor

Ana María Giraldo López

Ana es comunicadora social y periodista de la Universidad de Manizales. Tiene experiencia en comunicación organizacional y relaciones públicas. Vive hace seis años en Christchurch, Nueva Zelanda. Su pasión por la escritura y su innato talento como storyteller, la ha llevado a participar en diversos proyectos como: Historias de Cuarentena y New Zealand Stories. En la actualidad es creadora de contenido freelance.

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