“Jen, cerraron el Marriage Bureau de Nueva York, nos toca aplazar tus planes”, fue el mensaje que me llegó mientras estaba trabajando, o tratando de trabajar, en medio de la cantidad de información que proviene de tantas partes por estos días. Se me hizo un hueco en el estómago, pero quise confirmar que era cierto. Fui a las páginas webs oficiales y ahí, en rojo, estaba la confirmación del anuncio: la oficina de registros de matrimonios de la ciudad de Nueva York cerraba “hasta nuevo aviso”, y nuestros planes de casarnos exactamente una semana después se iban al piso. 

Los siguientes 30 minutos fueron una espiral, porque estábamos pensando en caliente y no sabíamos qué hacer. ¿Será verdad que cerraron del todo? Pero ya tenemos la licencia, ¿no podemos ir ya mismo?, ¿Y si nos vamos a otro Estado?… fueron muchas de las cosas que se nos pasaron por la cabeza, hasta que al fin decidimos dejarlo por un rato y hablarlo con más calma más tarde ese día. Total, yo tenía que terminar de trabajar, aunque dos horas más tarde nos dijeran que también nos íbamos a casa hasta nuevo aviso. Esa noche, con más tranquilidad, decidimos que lo único que podíamos hacer era esperar. Pero eso significaba también algo incierto, porque no sabíamos cuándo se reabrirá todo y no sabíamos si para entonces nuestra licencia de matrimonio seguiría siendo válida. No había respuesta. 

Nosotros no estábamos planeando nada fuera de lo común. Una boda civil, con mis suegros de invitados, unos pocos amigos y un almuerzo para celebrar. En cuestión de días, nuestros planes se fueron desarmando. Primero, la despedida de soltera que mis amigas habían organizado, luego, la celebración en un restaurante (porque la ciudad cerró todo). Esa misma semana habíamos decidido sacar la licencia y ahora… estábamos en pausa. La ciudad entera lo estaba, y no sabíamos cuándo íbamos a volver a la normalidad, ni si la normalidad que conocíamos iba a seguir siendo la misma. Entonces surgió una idea que antes había sido un chiste, y que ahora era nuestra opción más seria. 

“¿Y si nos casa Jim?”, preguntó mi prometido y recordé que alguna vez habíamos bromeado con la idea de que su amigo de infancia (que es un oficiante registrado) fuera el que hiciera nuestra boda civil. Y nos tomó un momento entender que lo importante para nosotros era estar casados. Lo verdaderamente relevante en tiempos tan oscuros es estar unido a los que amas y él, mi ahora esposo es mi familia aquí, la roca en la que me apoyo todos los días. Queríamos que fuera oficial, también porque pensamos que esta, nuestra historia de amor resistente a una pandemia, podría ser una noticia feliz en medio de tantas cosas tristes. 

Nos decidimos por el mismo día en el que originalmente pensábamos casarnos (26 de marzo), en un parque y con un mínimo de personas presente. Una de mis amigas sugirió transmitirlo por Instagram live para que ellos pudieran verlo ya que originalmente estaba pensado que estuvieran. Mis papás y mi familia en Colombia no pudieron estar más encantados con la idea. Esa fue mi boda magica: mi esposo, mis suegros, una de mis amigas más cercanas (también inmigrante y que está a miles de kilómetros de su familia) sosteniendo el celular para la transmisión, otra amiga haciendo las fotos. Uno de los mejores amigos de mi esposo en una ceremonia que duró diez minutos y que tuvo algunos otros asistentes improvisados, gente que caminaba a esa hora por el parque, todos a un metro de distancia como manda la norma. Mis amigos y familiares, desde lejos, fueron parte de ese día: me enviaron fotos de sus atuendos, todos muy elegantes para la ocasión. Mi familia hizo un brindis con nosotros, dándonos su bendición. Todos nuestros invitados se emocionaron por igual, y yo no pude pensar en una mejor historia para contarle, si el futuro nos deja, a nuestros hijos y nietos, de la vez que respondimos a un momento incierto de la humanidad con una muestra de amor, ese que debe ser siempre la respuesta para rescatarnos de nosotros mismos. 

Fotografía cortesía de: Cristine Trimarco

Historias que recorren el mundo

Por supuesto, nuestra idea no fue única. Antes de que se cerraran los despachos de la ciudad de Nueva York, el New York Times reportó un incremento de las bodas civiles en estos lugares, pero muchos se quedaron (como nosotros) con la licencia en la mano después del 20 de marzo y decidieron que eso no sería impedimento. En Orlando, una pareja decidió hacer una boda por videoconferencia ante su pastor debido a la cancelación de su boda, en España una pareja decidió ‘casarse’ en su balcón mientras un vecino oficiaba desde otra ventana; y unos novios en Argentina decidieron también unirse por videochat, en la sala de su casa y hasta con clave de WiFi prestada. Todos estos gestos con una idea común: imponerse a las dificultades con un momento de fraternidad y felicidad. ¡Que vivan los novios!  

 

¡Ojo a las leyes! 

También es necesario hacer un pequeño paréntesis: si conoces a alguien que quiera unirse a las parejas, ten presente que dependiendo de dónde residas, tu matrimonio puede considerarse válido o no. Por ejemplo, la boda de la pareja en España no es considerada legal, y en el estado de Nueva York no se permiten las bodas por Skype o ningún medio digital. Así que consulta con tu autoridad local cualquier tipo de restricción que tengas al respecto, pero si lo que quieres es improvisar una ceremonia divertida y emotiva, la sala de tu casa y tu pareja serán suficientes.  

 

Escrito por: Jeniffer Varela Rodríguez