“Refugiado” es una palabra actual, controvertida, triste e incómoda. Una palabra que a menudo evoca sentimientos encontrados e imágenes de cientos de personas caminando a través de diferentes países para llegar a otros, o arriesgando sus vidas en mares revueltos porque, total, ya no tienen nada que perder. Esa palabra viene acompañada de otras igualmente molestas, “exilio”, que significa la separación de una persona de la tierra donde vive. Por lo tanto, todos los refugiados viven en el exilio. Y así podríamos seguir con otros términos que siempre han sido parte de nuestra historia: “expatriado”, “asilado”, “desplazado”…

Colombia tiene una historia teñida de sangre y desplazamiento: según cifras de ACNUR -Agencia de la ONU para los refugiados- en 2017 fue el segundo país con mayor cantidad de desplazados internos en el mundo: 7.9 millones de personas. La ONU afirma que ser líder social en Colombia es extremadamente peligroso. Y en cuanto a los exiliados las cifras no son exactas; ACNUR habla de entre 350.000 y medio millón de personas que tuvieron que huir del país por motivo del conflicto armado. Un informe especial de El Tiempo ubicó el número en 396.633, el equivalente a la población de Manizales. 

¿Qué pasa entonces con esa Colombia olvidada y regada en el extranjero? Solo en España, las solicitudes de asilo político de colombianos han aumentado desde el 2015. Para Carlos Beristain, encargado del exilio en la Comisión de la Verdad (CEV), entidad instaurada en el marco del Acuerdo de Paz con las Farc, “el exilio es un problema invisible en Colombia”. La Comisión de la Verdad colombiana es la única en el mundo que incluye a las personas que viven en el exterior por causa de la guerra, y su objetivo es escuchar, recopilar y visibilizar: ”es importante que esas voces fuera del país puedan tener un espacio de colaboración con la paz”. 

La migración tiene muchas aristas y el exilio es una de ellas. Hoy les mostramos uno de los rostros colombianos de esta situación, uno que tal vez no encaje con la imagen mental que nos hemos hecho de la palabra refugiado; una cara joven, dinámica, profesional. Una cara de mujer, colombiana y artista: la cara de Natalia Sierra Poveda, una de las 6.700 personas que tiene una solicitud de asilo pendiente en el exterior y que desde sus experiencias y su conocimiento está trabajando para crear conciencia sobre el problema de la migración forzada en el mundo, que afecta directamente a 24,5 millones de personas. Este año su labor la llevó a ser una de las 11 artistas invitadas por ACNUR para elaborar una serie de afiches en el marco de la feria de arte contemporáneo de la ciudad de Basel, Art Stands with Refugee Women -El arte apoya a las mujeres refugiadas-, junto a grandes artistas como Alfredo Jaar y Tania Bruguera. 

Natalia habló con Vínculos sobre su historia, su trabajo y sus opiniones.

Las caras de Natalia

De derecha a izquierda: Natalia presentando su proyecto “Power to the People” en una feria de emprendimiento. Afiche “My last treasures” en las calles de Basel, colaboración con ACNUR. Natalia dictando un taller de sostenibilidad ambiental

Empecemos por presentarla de acuerdo a sus propias palabras: Natalia Sierra Poveda “es una mujer con propósito divino, que ha aprendido a no dejar que las circunstancias, virtudes o defectos, nacionalidad, estatus político o profesión la definan”. Nació en “una isla donde el mar es de mil colores”, San Andrés, y se crió en Bogotá. 

A Natalia siempre le gustó viajar y lo hizo varias veces como turista, como mochilera, como Au Pair… Siempre con la libertad de moverse a sus anchas y volver a Colombia cuando el cuerpo se lo pedía. Desde hace tres años Natalia vive en Suiza, esta vez bajo unas condiciones muy diferentes y muy difíciles que ha soportado gracias a su tremenda fe y convencida de que Dios tiene un plan para su vida: “hacer visible lo invisible”. 

Vínculos: hablemos de tu vida anterior, ¿cómo llegaste al mundo el cine?

Natalia: el cine llegó a mí por pura obra y gracia del Espíritu Santo. Después de estudios en diseño de moda y dos años en Estados Unidos, volví a Colombia decidida a irme de trotamundos hasta llegar a Fiji. Para empezar me fui a Argentina, donde una gran amiga que estudiaba teatro me dijo: “veo a los chicos de la facultad de cine, corriendo de un lado a otro, escribiendo historias y armando sets, y te veo ahí pintada”. De vuelta en Bogotá mi madre, con su implacable sabiduría, me dijo que me patrocinaba una carrera profesional antes que una vida de nómada. Larga historia hecha corta: mi hermano que estudiaba Fotografía en la Tadeo me contó que estaban estrenando Cine y Televisión. Tres días después estaba matriculada. 

El camino al exilio

 Natalia con su compañera de habitación, Erkbere de Eritrea 

Mientras estudiaba la carrera, Natalia y su hermano se vieron involucrados en la labor de su madre, una abogada de derechos humanos que estaba trabajando por encontrar justicia para más de 200 familias desplazadas por el conflicto armado en Colombia. Junto a un profesor de la Tadeo y un equipo de estudiantes empezó a rodar “Sembrados en cemento”, un documental sobre las historias de estas personas. 

“Queríamos mostrar las caras del conflicto, así que entrevistamos a abogados, líderes sociales y funcionarios públicos sobre la situación legal, social y política de las víctimas de esa fatal guerra. Los personajes principales del documental eran una familia de desplazados que más que eso, son mis héroes y modelos a seguir, gente valiente y honesta”. El trabajo de su madre y su documental pusieron sus vidas en peligro. Después de varias “amenazas de alto calibre” y movidos “por el miedo y la esperanza de continuar su trabajo en seguridad», dejaron Colombia en el 2016 y llegaron a Suiza a pedir asilo político. 

Vínculos: ¿Cuál es tu situación actual en Suiza?

Natalia: mi familia y yo somos solicitantes de asilo, lo cual implica que no hemos sido aceptados ni reconocidos como refugiados. Las personas con tal estatus en Suiza tienen un permiso temporal que es renovado cada seis meses, con altas restricciones: es casi imposible trabajar. Nuestros documentos de identidad y pasaportes están en manos de migración, por ende no podemos salir del país. Esperamos que pronto nuestro caso sea tomado en cuenta y seamos reconocidos como refugiados para poder llevar una vida más normal.

Vínculos: ¿Cómo ha sido esta nueva experiencia de inmigración, esta vez como refugiada?

Natalia: extrema y desafiante. Jamás en mi vida pensé llegar a vivir lo que he vivido como solicitante de asilo y menos en un país tan desarrollado como Suiza. Imagínense un plot y universo absurdo como el de “Los juegos del hambre” con el drama y conflicto de un thriller psicológico y el contexto y obstáculos que viven los activistas en su lucha contra poderosos gobiernos en los documentales políticos. En esa extraña película también hay historias de amor y hermosas escenas sacadas de un drama “indie” con la protagonista nadando con desconocidos a media noche en un lago oculto al costado de los alpes suizos”.

A su llegada, Natalia y su familia fueron acogidos en un centro de hospedaje para más de 300 personas en condiciones muy precarias. “Nuestro primer año y medio fue en estos campamentos para refugiados donde compartimos habitaciones con varias mujeres de diferentes culturas, religiones y tradiciones, donde no hay privacidad ni siquiera en las duchas… Es decir, por más de un año y medio no tuvimos un hogar, ni un segundo de paz o silencio para pensar, llorar o gritar.” A todo esto se añade la nostalgia de haber dejado Colombia, el proceso de adaptación a una sociedad totalmente diferente y las diferencias culturales con los solicitantes de asilo provenientes de tantos países.  

“El trato para los solicitantes de asilo y refugiados por parte de las entidades gubernamentales es muy duro, hasta cruel, con personas que vienen de situaciones traumáticas como una guerra o el desplazamiento forzado. Los primeros meses me sentía como una criminal, como alguien no deseado en esta sociedad. Nos ha tocado luchar mucho para entender que tenemos el derecho de estar aquí y que Suiza nos tiene que respaldar por un tratado político del que este país hace parte: la convención de Ginebra de 1951. Ha sido más traumático que la vida de paranoia y persecución que teníamos en Bogotá. Toda mi familia ha necesitado ayuda psiquiátrica”. 

Después de mucho esfuerzo y algunos golpes de suerte, Natalia y su familia dejaron los campos de refugiados para vivir en casas compartidas con estudiantes y familias suizas. Ella empezó una maestría sobre Arte y Sociedad en la Zurich University of the Arts (ZHdK) y volvió a tener una vida “normal” entre sus compañeros, en su mayoría suizos, lo que le dio otra perspectiva de su situación. 

Vínculos: ¿Cómo ha sido tu integración en Suiza como colombiana?

Natalia: mi experiencia como colombiana en Suiza ha sido diferente dependiendo del ámbito; como solicitante de asilo éramos los únicos colombianos en los campamentos donde vivimos, pero luego de ubicar nuestro país en el mapa, todos se mostraban muy interesados e incluso nos mencionaban a James, a Falcao y a Shakira. También a Pablo Escobar pero eso pasa en todos los contextos. 

Como estudiante de artes ha sido muy interesante, cuando las personas suizas se encuentran conmigo, una refugiada que está a su mismo nivel académico, se ven reflejados en mí y hay un impacto muy grande. Esta es una herramienta que utilizo para mi trabajo de concientización de cómo es nuestra vida: un refugiado no es un número o una cifra más, somos historias personales, de resiliencia, historias trágicas pero de gente muy valiente.

Después está el ámbito de mi vida como artista, activista y emprendedora social: como colombiana dictando talleres y elaborando proyectos sociales he tenido una experiencia muy linda, porque nosotros traemos mucha alegría, mucha chispa y la gente lo valora y siempre te lo recuerda. 

Vínculos: ¿Mantienes tus lazos con la comunidad colombiana en Suiza?

Natalia: ¡Claro que si! Es reconfortante encontrarse con paisanos y recordar con nostalgia y alegría nuestra Colombia. Aunque debo confesar que mis círculos sociales son multiculturales. Más del 30% de la población en Zurich es extranjera; en un trayecto de 15 minutos en tranvía escuchas más de ocho idiomas. Claro que el español siempre es un imán para conocer más latinos o extranjeros enamorados de nuestra lengua y culturas.

El arte como sanación

 

Taller fotográfico “Mapas alternativos”, dictado por Natalia en un campo de refugiados

Vínculos: ¿Cómo empezaste a trabajar en proyectos artísticos con los demás refugiados?

Natalia: en el primer campamento donde vivimos las únicas actividades eran clases de alemán y partidos de ping-pong. En la vida como solicitante de asilo hay mucho tiempo libre porque no podemos trabajar y tenemos que dedicarnos a esperar, así que organicé un cineclub en una lúgubre sala de estar con un televisor viejo y un DVD; rentaba películas de la biblioteca del pueblo y los martes en la noche nos reuníamos a verlas, comer maíz pira y debatir en algo que parecía la torre de Babel, pues en ese momento el alemán de todos era casi nulo. Personalmente necesitaba lidiar con la realidad tan absurda en la que vivíamos. Esas actividades fueron creciendo y cada vez que me transferían de estadía, yo empezaba un nuevo proyecto -fotografía, collage, mapas alternativos…-, ganaba experiencia y amigos. 

Vínculos: ¿Cómo empezó el capítulo de ACNUR?

Natalia: el año pasado, Art Basel y la ACNUR inauguraron la colaboración “Arts stands with Refugees”. Para su segunda edición, realizaron una exhibición en la que artistas de gran talla y artistas refugiados diseñarían pósteres honrando la resiliencia de mujeres refugiadas. Ellos le preguntaron a la universidad si conocían algún artista óptimo para esto y me propusieron participar; yo no entendía qué querían de mí, pues no era diseñadora gráfica, afortunadamente confiaron en mí más que yo misma y me dieron toda la libertad para crear un póster con el corazón y no con la razón.

Vínculos: ¿Cómo fue esa experiencia? 

Natalia: surreal. Inolvidable. Una de las experiencias más desafiantes e interesantes de mi vida; en primer lugar por la creación de un póster para tal evento, con una temática tan íntima y global al mismo tiempo: el exilio y la búsqueda de refugio. Cuando entendí lo que querían de mí supe inmediatamente que ese póster tenía que ser “Mis Últimos Tesoros”: mis recuerdos y vivencias en el exilio, plasmados en una imagen. 

El 6 de junio inauguraron los pósteres en las calles de Basel y el 12 fue el evento oficial donde tuve el privilegio de presentar mi afiche y la historia detrás de él. Fue una plataforma enorme para resaltar la situación actual de Colombia y de los refugiados y para dejar en alto la fiereza inimaginable que nos llevamos cuando dejamos nuestra patria. Hubo una subasta online de los afiches y el dinero recaudado se destinó al proyecto “Made51”, en el que artesanos emprendedores refugiados son apoyados en la producción y comercialización de sus productos. “My last treasures” se vendió por 550 francos suizos y el comprador fue anónimo.

Dentro de sus múltiples proyectos se destacan dos: “Our Zurich” y “Power to the people”. En el primero imparte talleres incluyentes de fotografía y video financiados por la ciudad de Zurich. El segundo, “Power to the people, alternative city tours led by refugees for all” es un emprendimiento de rutas turísticas creadas por refugiados desde sus intereses y vivencias personales. Estos recorridos están dirigidos a todo tipo de personas: turistas, inmigrantes o personas de la ciudad: “a mí me encanta el arte callejero entonces mi tour está diseñado sobre esta temática; al incluir mis experiencias los asistentes pueden conectarse conmigo como persona y después con la ciudad. En un futuro la idea es que las personas traigan sus ideas de tour y nosotros les ayudemos a estructurarlo y ofrecerlo”. 

Colombia desde el exilio

Vínculos: ¿Cuál es tu opinión de la situación actual de Colombia? 

Natalia: me duele la patria. Me duele ver a líderes sociales, artistas, abogados, periodistas y personas valientes siendo calladas, desaparecidas, asesinadas por levantar una voz con verdad. Tengo esperanza en poder contarle a mis hijos una historia diferente a la que a mí me contaron, a la que mis abuelos, padres y yo vivimos. 

Vínculos: ¿Cómo imaginas ese regreso a Colombia? 

Natalia: esta pregunta me duele. Si somos aceptados como refugiados políticos no tenemos permitido volver a Colombia en los próximos 12 años. El precio del exilio, supongo. Sueño con volver, me imagino aterrizando en Eldorado con mariposas en el estómago y mucho chocolate en las maletas. Sueño con ver a las personas que me vieron partir, visitar los lugares en los que viví y viajar a esos paraísos de los que me cuentan continuamente viajeros enamorados de mi Colombia. Tengo una visión en la que estoy mayor, compartiendo mis experiencias en un auditorio muy grande. Por eso confío en que Dios me permita volver más pronto que tarde. 

Natalia aclara que por más dramática y extrema que parezca esta historia, ha sido muy enriquecedora, e incluso se siente afortunada: “admiro profundamente a todas las personas exiliadas. Mi familia y yo somos privilegiados por haber llegado en las condiciones en que lo hicimos: por haber podido tomar un avión, decidir a dónde irnos y llegar en tres días. La mayoría de refugiados han pasado por unas situaciones supremamente traumáticas: meses o años caminando, atravesando desiertos, mares, con sus derechos vulnerados de todas las formas, para llegar aquí a ser tratados como la escoria de la sociedad y aún así levantan la cara y son fuertes y valientes”. 

Natalia tiene una agenda llena: en agosto participará en el base camp del Festival de cine de Locarno y en octubre en el Youth European Council en una sesión de estudio sobre inclusión social para migrantes y refugiados jóvenes; como es en Budapest, solicitó un  permiso especial para salir de Suiza durante una semana, será su primer viaje en tres años. También asesora grupos de investigación de universidades y está trabajando en un documental: “quiero mostrar que los refugiados y solicitantes de asilo no llegamos a quitar el trabajo de los ciudadanos de un país ni a vivir del estado, sino todo lo contrario: a trabajar por reconstruir nuestra vida” Espera presentarlo en el Festival de cine y foro de derechos humanos en Ginebra.

Todos los proyectos de Natalia son voluntarios y los lleva a cabo con pasión y dedicación admirables. Debido a su estatus como solicitante de asilo, las posibilidades de obtener un trabajo remunerado son nulas. Para recaudar los fondos necesarios para pagar su maestría y continuar su formación en proyectos de transformación social, Natalia tiene una campaña de crowdfunding. Quien quiera ayudarla en su meta puede realizar una donación o compartir el enlace.

 

Escrito por: Manuela Osorio Pineda