Empecemos por una definición tranquilizadora, ‘la tercera cultura’ no es una suerte de pandilla que sólo recluta a los hijos de los inmigrantes, o una secta peligrosa. Todo lo contrario, lo que hoy la cultura popular se empeña en llamar ‘tercera cultura’ no es otra cosa que la ausencia de una sensación de pertenencia al contexto sociocultural inmediato.

De hecho, esta sensación de ‘no pertenencia’ no es del todo ajena a la historia del hombre, ni de la literatura y menos a la de nuestro país. Es bien conocido el hecho de que el mismo José Asunción Silva, uno de los poetas insignes de la literatura colombiana, tuvo muchísimos problemas para volver a adaptarse al contexto colombiano, pese a que en muchas de sus cartas escritas desde París decía de sí mismo, no sentirse parisino.

El término ‘tercera cultura’, fue acuñado por la socióloga estadounidense Ruth Hill Useem y básicamente se refiere al caso de aquellos niños que pasaron una parte significativa de su vida en un contexto cultural diferente al de sus padres y que han adoptado rasgos y comportamientos tanto de la sociedad que los acogió, como de su cultura de procedencia.  

Ventajas de la tercera cultura

Si tuvimos que abandonar Colombia con nuestra familia completa y establecernos en un país angloparlante o francoparlante, las ventajas son evidentes. Nuestro hijo se verá forzado por proximidad de su contexto a aprender una segunda lengua y muy probablemente a incorporar los usos de la cultura receptora dentro de su matriz de comportamiento.

Esto probablemente quiere decir que todos aquellos ‘problemas’ que constituyen la idiosincrasia colombiana, serán depurados durante el proceso de formación de la personalidad de nuestro hijo, pero también quiere decir, que nuestro hijo no se convertirá por defecto en el colombiano típico, ni tampoco llegará nunca a convertirse en un nativo de la nueva comunidad que lo acogió.

No obstante, la mayoría de los estudios al respecto sugieren que los niños que están expuestos a dos influencias culturales de manera simultánea, suelen ser muchísimo más tolerantes a los cambios y tener una predisposición adquirida por los desafíos que implica entrar en contacto con otras culturas, o la migración en sí misma. Dicho de otra forma, son personas con una mentalidad abierta.

Desafíos de la tercera cultura

Si para un adulto puede resultar difícil aprender francés o inglés (no hablemos de idiomas más lejanos), ten la certeza de que para un niño será un verdadero reto aceptar que debió seguir a sus padres a otro país, dejar atrás a su círculo social y además aprender un nuevo idioma forzado por su contexto. Considera con atención la posibilidad de llevarlo a donde un profesional para que dirija el proceso de adaptación.

Este problema estará presente aun si no has migrado a un país culturalmente lejano. España, Argentina o Chile, son naciones con las que Colombia comparte raíces culturales profundas y que sin embargo, manejan códigos culturales muy específicos. La forma en la que llamamos los objetos, así como el acento, o la identificación con los símbolos patrios, conforman lo que para la academia se conoce como ‘ideología lingüística’ y la inestabilización de esta variable, necesariamente deriva en la conformación de un problema de identidad.

Llevado a un escenario cotidiano, lo anterior se traduce en el choque que representa para tus hijos volver de vacaciones a Colombia después de años en el extranjero y tener dificultades para identificarse con los símbolos propios de un partido de fútbol, o una novena de aguinaldos. Todos los estudios sugieren que si bien el espectro sociocultural de los niños de la tercera cultura es más amplio, es también mucho menos consistente y genera en consecuencia tensiones con los miembros más antiguos de la familia.

El problema para los que regresan  

Nos encontramos frente a un fenómeno que recientemente empezó a ser estudiado, razón por la cual tiene todavía muchas aristas abiertas. Sin embargo, uno de los campos de documentación más interesantes es el de aquellos niños que habiendo nacido en un contexto en específico se criaron en el extranjero, pero debieron regresar a su lugar de origen.

Aunque aún no existen estudios de caso referidos directamente al contexto colombiano, en Japón este problema viene siendo estudiado desde la década del setenta, de hecho, existe una palabra específica para este tipo de adolescentes “kikokushijo” que traduce literalmente ‘niños que han regresado’. Este término fue acuñado en el contexto de los estudios sociológicos y surgió en un momento en que muchos trabajadores japoneses regresaron a su país desde Estados Unidos y Europa debido al florecimiento económico.

Esta es exactamente la misma situación a la que se enfrentan las familias que tuvieron sus hijos en el extranjero y que por cambios en la coyuntura económica o política regresaron a Colombia. Tal como sucedió hace algunos años con la crisis española, o como sucede en este momento con la crisis en Venezuela.

Si bien las cosas pudieron terminar mucho mejor para estos chicos que volvieron a Japón, la situación puede ser diferente para nuestros hijos. En la medida en que comprendamos que la sensibilidad de ciertas variables culturales y la incidencia que tienen para la formación de su personalidad, seremos capaces como padres y tutores de minimizar las desventajas de ser inmigrantes.

En conclusión

No es un asunto menor el de la formación de la identidad de nuestros hijos, es nuestra responsabilidad como padres hacer un seguimiento cercano de la manera en que se comportan, no sólo en su nuevo contexto cultural, sino también cuando están de regreso en Colombia. Considera siempre la posibilidad de anticipar los escenarios en los que podría haber algún tipo de tensión y de sensibilizar no sólo a tus hijos, sino al resto de la familia sobre los choques culturales que podrían tener lugar.

Después de todo, si nosotros tuvimos la ventaja de crecer escuchando el himno nacional a las 6 de la mañana y las 6 de la tarde y crecimos rodeados por nuestros primos y parentela lejana, tenemos la certidumbre de que somos colombianos, con todas las cosas buenas que eso implica, y también con sus desventajas. Ahora es nuestro deber, velar porque nuestros hijos encuentren su lugar en el mundo que les hemos construido en nuestra aventura de emigrar a otro país.

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