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El Caracol: viviendo con la casa a cuestas.

El Caracol: viviendo con la casa a cuestas.

Después de una secuencia de imágenes de la Costa Central australiana, la cámara se detiene sobre el tejado de una casa en Woy Woy, un pueblo apacible 79 kilómetros al norte de Sydney; bajamos al jardín, entramos por el porche y vemos a un hombre parado en la puerta, agitando un papel, y apenas disimulando una sonrisa. 

-“¿Qué está pasando?” –pregunta una voz de mujer detrás de la cámara; esta es la Juliana de nuestra historia. 

-“¡Somos los orgullosos nuevos propietarios de un barco de 35 pies!” –responde alegremente el hombre de la puerta, el Kieran de este cuento. 

Así empieza el primer episodio de ‘Sailing El Caracol’ (Navegando El Caracol), un canal de YouTube en el que una pareja colombo-australiana cuenta la historia de su recién comprado yate: un ‘Roberts 35 ketch’ construido en 1982, que necesita “un poco de amor” pero tiene “buenos huesos”; un barco con cuatro propietarios anteriores, muchas historias, reparaciones pendientes y previamente llamado Targaryen. 

Los planes de Juliana y Kieran para el 2020 incluían dos eventos muy importantes, ninguno de los cuales era comprar un velero; se casarían el 19 de marzo junto a sus familiares y amigos de allí y de allá, y se mudarían de Australia a Colombia para construirse una casita en alguna zona campestre de Manizales. Pero llegó el coronavirus y arrasó con sus proyectos: tiquetes a Colombia cancelados, cambio de país pospuesto hasta nuevo aviso, la mitad de los invitados a la boda no pudo viajar y los que sí alcanzaron a llegar -los papás y la cuñada de Juliana-, tuvieron que devolverse un día antes de la ceremonia. 

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Juliana y Kieran en la bahía de Woy Woy.

Juliana y Kieran en la bahía de Woy Woy.

 

En palabras de Juliana: “Que mis papás no estuvieran fue una decisión súper dura pero hicimos lo que tocaba: Chile cerró fronteras, Colombia estaba a punto de hacerlo, ningún seguro iba a responder, y mis papás son mayores, grupo de riesgo. Todo era muy incierto, ¡todo cambiaba cada hora! Fue duro que mi familia no pudiera estar ahí, pero al final todo salió bien: éramos menos de 30 personas y el sitio era muy grande. Lo recuerdo como uno de los mejores días de mi vida. Al lunes siguiente empezaron las medidas estrictas y en los matrimonios sólo podían estar 5 personas: los novios, dos testigos y el oficiante, así que no nos fue del todo mal”. 

Ante el nuevo panorama, los recién casados no tuvieron más opción que irse a pasar la luna de miel a casa de los padres de Kieran. Confinados, sin poder trabajar y con todo el tiempo del mundo, se les prendió la bombilla: ¿y si invertían sus ahorros en ese barquito que tenían pensado comprar algún día -más bien lejano- y aprovechaban la cuarentena para arreglarlo, y de paso aprender a navegar? Porque aquí hay que aclarar que ninguno de los dos sabía mucho de veleros. Aman el mar, trabajan en sus profundidades, saben manejar una lancha, han pasado semanas a bordo de cruceros turísticos y siguen un buen número de canales de YouTube de gente que vive en diversas embarcaciones, pero de ahí a ser navegantes experimentados hay un buen camino. 

Juliana: “Lo que más nos gusta de esos canales de YouTube es que son personas como nosotros, que empezaron de cero, arreglaron sus barcos, aprendieron y ya han cruzado el océano, como el canadiense y su novia haitiana de ‘Sailing Uma’. La mayoría de personas que están haciendo esto no son multimillonarias, son gente común que está siguiendo sus sueños y creando estilos de vida alternativos. No queríamos botar plata en arriendo y queríamos nuestros espacio; empezamos a buscar el barco que queríamos y se ajustara a nuestro presupuesto, en plena pandemia, ¡y lo encontramos! Un proyecto perfecto para la cuarentena”.

Colombiana conoce australiano en barco de buceo.

Los viajes, la fotografía y la conservación marina son algunas de las pasiones de esta pareja colombo-australiana. El paso del 2019 al 2020 lo vivieron trabajando en un crucero en la Antártica. Fotografía tomada por Aidan Klimenko.

Como toda buena historia de amor esta empezó en el momento menos esperado y en un lugar peculiar: un barco de buceo en la Gran Barrera de Coral, en el noreste de Australia. Juliana había acabado un máster en Biología de la Conservación en Sydney y encontró una oportunidad para convertirse en fotógrafa marina; periodista de profesión y buzo desde los 11 años, esta manizalita siempre soñó con combinar todas sus pasiones -viajes, fotografía, comunicación y océanos- y trabajar en conservación marina. Que una colombiana de una ciudad andina metida entre montañas haya acabado tan enamorada del mar, hace que esta historia sea aún más interesante. 

Por otro lado, Kieran había decidido dejar su trabajo de oficina para buscar un cambio de vida, y así acabaron en el mismo barco, completando el grado de buceo Divemaster y listos para empezar su trabajo en las profundidades oceánicas del arrecife más grande del mundo, visible incluso desde el espacio. Una semana después de conocerse empezaron a salir, un año después montaron su propia empresa de fotografía submarina, luego trabajaron juntos en una expedición en la Antártica (donde se hicieron las fotos de compromiso de rigor), y hoy están casados y arreglando el barco que los llevará a navegar por el mundo. 

Misión: volverse YouTubers.

Juliana y keiran buceando en la Gran Barrera de Coral.

Kieran va manejando y le habla a la cámara: “Estoy volviendo a casa y no es que necesite hacer algo por haberme portado mal, pero si algún día estoy en la lista negra y necesito salir de ahí, hay un método que no falla con una mujer colombiana: sorprenderla con empanadas y arepas”. Acto seguido, Kieran deja el celular a un lado grabando discretamente, llama a la puerta, le pide a Juliana que salga a ayudarle con unas bolsas y captura su reacción, que no podía ser otra: gritos agudos y saltos de felicidad: “Esa es la reacción ante las empanadas”, le cuenta a quienes miran desde el otro lado de la pantalla. Así empieza el tercer episodio de su canal, en el que también compran un bote inflable y se encuentran con un “cementerio de barcos” abandonados. 

Además de los progresos arreglando El Caracol, y las dichas e infortunios propios de vivir en un velero, Juliana y Kieran comparten su vida con un toque de humor. Cada episodio está lleno de hermosas tomas aéreas, puestas de sol, caminatas en la playa, familia, diferencias culturales, microhistorias locales relacionadas con el mar y bloopers. Armados con sus celulares, una Canon Eos Mirrorles, un micrófono y un dron, empezaron a documentar su aventura con varios propósitos: inspirar a otros, mejorar sus habilidades de video y edición, financiar una parte del viaje a través de publicidad y Patreons -una plataforma de micromecenazgo conectada con YouTube- y transmitir al mundo la importancia de los océanos y la urgente necesidad de protegerlos, la gran motivación detrás de su trabajo en conservación marina.  

Juliana: “Al principio fue difícil porque nosotros no somos de compartir mucho nuestra vida en redes sociales y no estábamos acostumbrados, ¡no nos imaginábamos caminando y hablándole a una cámara como los YouTubers famosos!.. (risas) Pero ha valido la pena, hemos tenido muy buenas respuestas, mucho apoyo y seguimos muy animados”. 

“Es difícil para mí expresar en palabras lo que los océanos significan para mí. Son mi fuente de inspiración, mi lugar de trabajo, mi hogar y, para todos nosotros, esenciales para mantener el balance y la vida en este planeta”. En su cuenta de Instagram Juliana comparte fotografías de paisajes remotos, el mundo marino y la vida silvestre, acompañadas de mensajes claros y contundentes sobre nuestro papel en la conservación de estos ecosistemas. 

 

Vivir con la casa a cuestas: ¿idea de locos? 

 

Arreglar El Caracol no ha sido fácil: cables quemados, tuberías corroídas, inundaciones y mal tiempo sazonan los cuatro episodios de esta serie que apenas empieza. “Lo bueno de que te compres un barco para arreglar y tengas que hacerle de todo es que quedas sabiendo exactamente cómo funciona cada cosa y estás seguro de que todo quedó en buen estado. Eso es muy importante para cuando tengas algún problema en medio del mar”, dice Juliana, quien desde que compraron El Caracol ha aprendido bastante sobre lijar, pintar, el funcionamiento de la red eléctrica y los problemas del motor. 

Este es El Caracol, el nuevo hogar de Kieran y Juliana, que por ahora está anclado en la Costa Central australiana.

 

Arreglando el barco se ha hecho muy evidente una gran diferencia cultural:en Colombia, si necesitas hacer algún arreglo en la casa siempre llamas a alguien; el pintor, el plomero, el carpintero, el todero, estamos acostumbrados a eso y además son cosas que se pueden pagar.  En Australia hay más cultura de aprender a hacer los propios arreglos en la casa, en parte porque la mano de obra es mucho más cara, y en parte porque la educación es más práctica, Kieran ya sabía de plomería, de soldadura… Además tiene ese tipo de inteligencia práctica en el que ve un tutorial de YouTube y aprende a instalar paneles solares. Y yo… Yo estoy aprendiendo (risas)”.

Cuando le contó a sus amigos el inesperado cambio de planes, muchos se alarmaron: “Me decían: ‘¿cómo qué se va a vivir en un barco con el esposo, recorriendo el mundo? ¡Se enloqueció!’, y algún día yo también le dije a Kieran, ‘¿será que estamos locos?’… Pero algo que le aprendí a mi papá es que hay que luchar por los sueños, aunque el resto del mundo se alarme: él a los 50 años conoció el buceo cuando mi hermano quiso aprender y tenía que llevarlo hasta Pereira a que le dieran clases. Él también empezó a interesarse, hizo el primer grado y quedó enamorado. De ahí en adelante fue dejando poco a poco de lado su carrera como ingeniero, hasta que se volvió instructor y montó su escuela de buceo en Manizales, un negocio que en una ciudad sin mar, no es que sea muy bueno. 

Gajes del oficio: ‘Fotobombeada’ por una tortuga marina.

Cómo Juliana estaba en el colegio, podía ir con sus papás a casi todos los viajes de buceo que organizaban: Taganga, México, Curazao, Bonaire… De esas memorias felices de infancia tomó el nombre de su velero: “Cuando mis papás estaban empezando a bucear fuimos a Cartagena, y me acuerdo que el barco en el que estábamos se llamaba El Caracol. Yo estaba muy pequeña pero esos recuerdos son muy felices y significan mucho. Además los caracoles llevan la casa a cuestas, y aunque son lentos -porque el velero no es una forma rápida de viajar-, llegan a donde quieren. Nuestro barco es pesado, es fuerte, como la concha del caracol”

De momento El Caracol sigue aparcado en la bahía de Woy Woy, mientras sus nuevos dueños lo miman y lo dejan listo para llevárselo de paseo. Cuando finalicen las reparaciones y se levanten las restricciones, Juliana y Kieran afinarán sus habilidades como navegantes en la Costa Central de Nueva Gales del Sur; luego se atreverán a ampliar el recorrido hasta llegar a la isla de Tazmania, y posteriormente a Nueva Zelanda. Su meta es cruzar el Pacífico y llegar a Colombia pero, como los moluscos de su inspiración, se lo toman con mucha calma: “para eso faltan unos añitos”

*Pueden seguir el rastro de El Caracol en Facebook e Instagram. También les dejamos el enlace a las páginas web de Juliana y Kieran, donde encontrarán más información sobre su labor profesional y sus hermosas fotografías submarinas. 

Sobre el Autor

Manuela Osorio

Manuela es Comunicadora Social y Periodista de la Universidad de Manizales y tiene un máster en Economía Creativa, Gestión Cultural y Desarrollo de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Ha vivido y trabajado en Estados Unidos, India y Reino Unido. Hoy se dedica a la creación de estrategias digitales para empresas y contenidos para medios digitales e impresos, desde España.

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