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Remendar y cocinar igual que la mamá ¡jamás!

Remendar y cocinar igual que la mamá ¡jamás!

Para todos aquellos que vivimos por fuera de Colombia, no es un secreto que, una vez salimos del país, empieza una nueva aventura en la que disfrutamos más del jolgorio local y comenzamos a olvidarnos de las fechas especiales, las conmemoraciones nacionales o los cumpleaños de quien se quedaron lejos – gracias, Facebook y mamá por refrescarnos la memoria-.

Sin embargo, el Día de la Madre es una celebración universal y preciosa que jamás se nos olvida porque, lejos o cerca, ellas siempre ocupan el lugar más importante en nuestros corazones  -sí, cursi, pero cierto-. 

La cultura latina es familiar por excelencia y nuestras mamás, esas matronas que unen a cualquiera, son la esencia del amor por la casa y por los nuestros. En este artículo hablaremos de las cuatro cosas que, por más que intentemos y que sigamos sus instrucciones telefónicas con todo rigor, sólo ellas las saben hacer y ¡muy bien!

“Mi amor, póngala a remojar”

En Colombia hay un popular dicho que reza: “no hay nada como el hotel mamá”, que solemos decir todas las personas que abandonamos el nido y decidimos volar. Mucho es el peso de este adagio, aún más, si al lugar al que vamos es otro país en donde las mamás, poco o nada, podrán hacer por nosotros, más que tratar de seguir enseñándonos los quehaceres de la vida por un video chat. 

Tengo la fortuna de tener el jabón Rey conmigo, – ¿cuántos connacionales viviendo en el exterior poseen este tesoro? – y alguna vez manché mi camiseta blanca con una salsa, que ni con el ‘rey de los jabones’ quiso salir. 

Llamé a mi mamá para averiguar cómo podía rescatarla, pero tan insólitos como sobrenaturales son sus poderes que, a pesar de estregarla tal y como ella me dijo, ponerla en el balde a remojar, airearla y dejarla reposar, ni un segundo más ni uno menos, quiso salir. 

¡Por favor! Que alguien me diga que no estoy sola en esta. Nunca pude quitársela por completo, y allí supe que, solo esas manos amorosas de mi mamá, podían hacer los milagros de dejar blancas inmaculadas esas medias que ponía negras de tanto correr descalza.

“Eso con tres puntadas le queda como nuevo”

Nataly López es una bogotana que vive hace seis años en Nueva Zelanda. Con añoranza me cuenta todas las cosas que solo su mamá sabe hacer, entre esas, remendar. “Esos saquitos de croché o de lana que hay que sacarles la agujita, juntar una lanita con la otra para tapar el huequito, mi mamá lo hace perfecto y el hueco ni se nota”. Una actividad de riesgo para cualquier mortal inexperto en manualidades y sin el título de mamá. 

Cómo extrañamos esos arreglos estando lejos, cuando tenemos que ahorrar o simplemente queremos mantener esas prendas que son nuestras favoritas, y que ahora lucimos ‘chonetas` con el orgullo de haberlo hecho nosotros mismos.   

“Mamá, se me murió la plantica”

Algo muy extraño pasa en la vida adulta: las plantas empiezan a ser nuestra adoración, y todos los que empezamos con el ABC de la jardinería sabemos que las suculentas son el kínder y que, para matarlas, ¡se necesita! 

Una vez las mantenemos con vida, pasamos a primaria y empezamos a comprar matas de alta complejidad porque según nosotros: “de esas había en la casa y siempre estaban muy bonitas”; pero se nos olvida un pequeño detalle, eran las bebés de las mamás, y solo ellas podían mantenerlas a tal nivel de perfección.

Las ponemos donde ellas nos dicen, las regamos cada que ellas sugieren, les echamos el abono, la cáscara de huevo, el ripio del café, las saludamos y les decimos: “¿quiénes son las cositas de mamá” y aún así ¡se marchitan! 

“Échale dos pizquitas de sal: el tip de mamá”

Las medidas que usan las mamás en la culinaria son indescifrables, pero aún así, las intentamos seguir. “Una pizquita aquí,” “un chorrito allá”, “tres espolvoreos al otro lado” y así, van explicando sus recetas. 

Antojados de comida colombiana, de ese plato de ajiaco, de fríjoles o de arroz con pollo, salimos a la búsqueda de los ingredientes, que ya de por sí es toda una misión cuando no se vive en Colombia, y llegamos entusiasmados con la ilusión de comernos ese plato que tanto extrañamos. No, no, no. Quizás y quede rico, pero como el plato de la mamá ¡jamás! Ellas le dan esa sazón, la magia, el perrenque, lo que sea que solo ellas tienen y nosotros, no. 

Mamás, las extrañamos mucho, cada colombiano que está por fuera del país lleva consigo el amor de su familia y la ilusión de verlos y compartir cada momento precioso para llenarse de su energía de vuelta. A ellas que nos mantienen unidos, con los pies en la tierra y el corazón blandito, ¡muchas gracias! Hoy es un día especial que la distancia jamás podrá borrar. 

¡Feliz Día de la Madre!

Sobre el Autor

Ana María Giraldo López

Ana es comunicadora social y periodista de la Universidad de Manizales. Tiene experiencia en comunicación organizacional y relaciones públicas. Vive hace seis años en Christchurch, Nueva Zelanda. Su pasión por la escritura y su innato talento como storyteller, la ha llevado a participar en diversos proyectos como: Historias de Cuarentena y New Zealand Stories. En la actualidad es creadora de contenido freelance.

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