Julieta no va a ir al solo al “cole”, va a “hacer la ESO” y se graduará del “insti”. Cuando esté en la universidad probablemente se irá de Erasmus a otro país europeo. Asistirá a clase con niños africanos, latinos y asiáticos. En las vacaciones de verano disfrutará de una libertad temprana en algún pueblito de la sierra de Madrid y sus regalos los traerán los reyes y no “el Niño Dios”. Mi hija tendrá un acento distinto al mío y, con seguridad, se aficionará al jamón serrano y al chocolate con churros. Sin embargo, y gracias a los esfuerzos de la madre, mi hija también tendrá la costumbre de comer arepas, tomar aguapanela y rezar la novena; de escuchar bambucos y de bailar ritmos de otras latitudes como la salsa y el vallenato. 

Estos son algunos de los pensamientos de una madre expatriada, una colombiana migrante que ha vivido en varios países y que acabó convirtiéndose en progenitora antes de lo planeado. 

Para que los lectores me entiendan pondré mi historia en contexto, con toda la dificultad que supone escribir públicamente en primera persona: después de dos años en Londres, mi esposo -español- y yo, decidimos dejarlo todo para irnos de viaje como tantas veces, pero esta vez sin tiquete de regreso: comenzaríamos haciendo el Camino de Santiago para después volar a Brasil y darle la vuelta a Sudamérica hasta llegar a Colombia, donde nos plantearíamos el siguiente destino según el tamaño de las fuerzas y la billetera. Al final, y sin pedirlo, el Apóstol Santiago obró su milagrito y, saltándose nuestros planes mochileros, nuestra falta de fé cristiana y el “confiable” DIU, nos mandó de Galicia a Madrid embarazados. 

No voy a negarlo: fue duro. Claro que queríamos ser padres, pero lo veíamos como un capítulo lejano; con los planes de viaje a un mes de distancia y sin trabajo, no nos sentíamos preparados. Recuperados del susto inicial abrazamos el cambio de rumbo de esta historia, cortamos la travesía a cuatro países -Rumanía, Moldavia, México y Colombia- y nos montamos en la vacaloca de la maternidad-paternidad. La primera diferencia cultural la vivimos al dar la noticia: mientras los europeos nos daban la “enhorabuena” con cara de sorpresa y preocupación por la situación laboral, los latinos reaccionaban con gritos, saltos, lágrimas y una frase llena de optimismo: “tranquilos, que los bebés llegan con el pan debajo del brazo” (spoiler alert: al otro día de nacer Julieta, a mi esposo lo llamaron de su actual trabajo). 

Los siguientes meses los vivimos entre trenes, aviones, maluqueras y mucha ilusión. Lo bueno del desempleo fue tener tiempo para viajar, descansar e ir juntos a todas las consultas y clases prenatales. Lo malo del desempleo fue, evidentemente, no contar con un salario estable y tener que echar mano de los ahorros durante un tiempo. De igual forma experimentamos los pros y contras de otras situaciones: estar lejos de mi familia, vivir en España y no en Inglaterra o en Colombia, conciliar las expectativas y las tradiciones de cada uno. 

El embarazo fue lindo y muy duro, algo así como un guayabo con gripa después de haberse ganado la lotería. El parto fue anticipado, natural y muy rápido. El posparto increíblemente bueno, con una recuperación en tiempo record. Pero esas son historias más largas para otro día; en este texto voy a centrarme en lo esencial, los cinco aspectos principales que suponen ser madre en el exterior, desde mi propio pellejo y situación, y con mi corta trayectoria de mamá primeriza de una recién nacida. 

Número 1: la maternidad en el exterior es una experiencia agridulce

pregnant woman waiting for a desired baby

En mi caso, las ventajas de ser madre en España y no en Colombia superan las desventajas en número: un sistema de seguridad social que funciona bastante bien, una educación pública de calidad y la exposición a un entorno multicultural. La situación es diferente a la hora de evaluar el peso emocional que supone mi maternidad lejos de mis papás, de mi cultura y del rosario de tíos, primos y amigos que conforman esa red de apoyo tan latina a la hora de recibir un nuevo bebé; especialmente por no poder compartir esta nueva experiencia de forma más directa. Sin embargo, por mi contacto con otras madres en situaciones similares, soy consciente de que este balance cambia drásticamente dependiendo de las condiciones en que cada una haya emigrado, las personas que conformen su entorno, su situación legal en los países de residencia y el apego que tengan con los de origen. 

Número 2: la maternidad expatriada tiene dos duelos 

Migrar y convertirse en madre son dos situaciones llenas de transformaciones que necesitan tiempo y reflexión para ser aceptadas y adaptadas. A pesar de llevar tantos años en el exterior, para mí ser expatriada consiste en hacer un duelo migratorio constante, sobre todo cuando se experimentan cambios de vida tan grandes como vivir en pareja, dejar de ser estudiante para entrar al mundo laboral, o ser madre. Tanto criar un hijo en un entorno “desconocido” y diferente, como conciliar las costumbres y tradiciones, reviven esos sentimientos de saberse extranjero. Al mismo tiempo, tener un hijo tiene un duelo propio por la vida y los planes que se dejan atrás (RIP vuelta al mundo… Al menos de momento). 

Número 3: ventajas de ser mamá… lejos de la mamá

Julieta nació en la semana 37, un día después de mudarnos temporalmente porque -¡oh sorpresa!- en el cuarto de la bebé apareció una humedad. El día en que habíamos planeado irnos a la piscina natural de Buitrago de Lozoya porque en la cuarentena se desaconsejan los baños de inmersión. El día en que, coincidencialmente, no había nadie en Madrid: ni mis suegros, ni mi hermana, ni mi cuñada, ni mis mejores amigos… Y lo peor de todo, faltaba una semana para que mi mamá llegara. Ley de Murphy al cuadrado.

En vez de hacer un picnic, estar en remojo y tener la panza al sol, la jornada fue más o menos así: a las 5:21 de la mañana nos despertamos en un charco de líquido amniótico, intentamos seguir durmiendo otro ratico, no pudimos, nos bañamos, desayunamos y nos fuimos para el hospital; monitores, prostaglandinas, que nace mañana, que el esposo se tiene que ir a recibir a los del seguro que van a ver las humedades, contracciones, que el esposo se devuelve para el hospital “a toda hostia”, contracciones que no son de este mundo, que nace de madrugada, epidural, que ahora la cosa se ralentiza, que “mentiras porque estás completamente dilatada”, que es hora de pujar porque esta sale ya, y ¡pum! a las 5:48 de la tarde recibimos a nuestra chiquita adelantada, completamente solos. 

En retrospectiva y en honor a la verdad, debo admitir que nos encantó la experiencia de afrontar todo solos y de concentrarnos en nosotros durante esos últimos momentos antes de que la vida se acabara de poner patasarriba; y luego de disfrutar a la pequeña, conocerla y asimilar sus primeros días en esa intimidad. Por supuesto no faltaron las fotos, videollamadas y conversaciones telefónicas con “los ausentes”, a quienes recibimos días después con muchísimas ganas.       

Moraleja: aunque lo ideal es poder compartir esta etapa de la vida con la propia madre, cuando nos vemos enfrentadas a hacerlo sin su ayuda directa, nos volvemos más creativas y seguras de nuestra propia maternidad. La pérdida de las “referencias de crianza” y la necesidad de integrar y transmitir nuestra propia cultura en el proceso, implican la creación de modelos propios tomando elementos de aquí y de allá. Al final, el vínculo con el bebé y la propia pareja se vuelve más fuerte. 

Número 4: desde que soy mamá, tengo orejas de pescado 

Un punto en el que coincido con otras mamás latinas en el exterior, es que en nuestras culturas es más común el recibir consejos no solicitados y críticas de conocidos y desconocidos sobre la crianza de nuestros hijos; esto no es tan frecuente en culturas anglosajonas o europeas, -aunque también sucede, por supuesto- y es una situación totalmente incómoda. Por eso este no es un artículo sobre consejos para afrontar la maternidad en el exterior, sino más bien un testimonio de cómo estoy experimentando la mía para el lector interesado: bienvenidos, tomen lo que les guste y lo que les sirva, ¡el resto es carreta! Esto no quiere decir que no haya leído y entrevistado a cuanta mamá se me pasara por delante, por el contrario, me gustaba llenarme de la energía de las demás, preguntarles por sus sentimientos, ver sus caras al hablar de sus recuerdos y experiencias. Verme reflejada en otras mujeres ha sido muy edificante. 

Número 5: una mamá -expatriada o no- tiene muchas caras

Algo clave a la hora de afrontar esa ola de sentimientos y altibajos del embarazo y el posparto ha sido tener claro que mi rol de mamá no debe opacar o suprimir las otras facetas de mi vida: sigo siendo periodista, esposa, amiga, viajera… No dejar los hobbies ni las pasiones de lado es muy importante para mí, aunque ahora Julieta tenga prioridad. De la misma forma en que es importante conjugar el estilo de vida individual con el de la pareja, también es necesario hacerlo con el bebé. Desde que se haga con responsabilidad, un poco de planeación y las precauciones necesarias, nada es nocivo ni imposible. 

Con el aval del personal médico, en su mes y medio de vida mi hija ha viajado por varios pueblos de España y Portugal. Ella no recordará estos primeros viajes, pero sabemos que todas y cada una de sus primeras experiencias están marcando su desarrollo y su personalidad. Por otro lado, estos padres primerizos están tomando confianza, disfrutando su maternidad-paternidad al máximo y, quién sabe, tal vez redefiniendo ese viaje a término indefinido. 

Con esta historia inauguramos una serie de artículos sobre la maternidad en el exterior en la que queremos compartir experiencias, intercambiar tips y consejos prácticos desde diferentes países. Para esto nos gustaría conocer sus opiniones, inquietudes, sugerencias, ideas e historias. ¿Cómo ha sido su experiencia como madres colombianas en el exterior?, ¿qué les gustaría compartir con quienes están a punto de pasar por esta situación?, ¿cómo comparten la cultura colombiana con sus hijos extranjeros? Déjennos un comentario, queremos leerlas. 

 

Escrito por : Manuela Osorio Pineda